2 nov. 2013

Sólo una espina rodeada de la belleza de una rosa penetró con el misterio

    PALABRAS PARA ELISA

 

No creímos

que tras la pena indecible de tus palabras al decirnos adiós para siempre, los gorriones pudieran seguir cantando.

 

En su lengua las aves

nos vienen a decir, mediante esa especie de concierto polifónico del amanecer, que hay que cruzar mares y puertas de monasterios antes de que las caricias amorosas surjan de nuestra mirada.

 

Tus palabras fueron un canto

permanente a la esperanza, un "allegro ma non tropo" y sólo ahora sabemos que el silencio sin ellas es mucho más denso.

 

Entre las cosas

que, con insistencia, nos mostrabas vimos surgir, como el humo de las sombras, el miedo y sus símbolos. ¿Quién podía pensar que alguien quisiera matar a un granado o a un olivo?

 

Tu piel, mucho antes de ser ceniza,

sabía sus nombres –la vid, el almendro, el membrillo- y sus secretos, así como se fortalecen sus espíritus: aguantando las patas de la lluvia, el vendaval y el malhumor de Eolo y

 

la agresión de los incendios

provocados por los temibles rayos –atributo de Zeus- que de vez en cuando nos alcanzan con su ira . 

 

Nuestros ojos dan pena

porque ya no podrán leer tus poemas y nuestros labios evitarán nombrarte para evitar el sufrimiento al recordarte.

 

Y sin embargo tus ideas

seguirán palpitantes, de labio en labio, revoloteando en el aire, con sus alas ya imposibles para nuestras voces ya un tanto apagadas.

 

¡Oh Elisa!

 

Diosa de labios rojos

y corazón entreabierto, sólo pudo con tu fuerza el odio de un genio adverso.

 

Sólo una espina

rodeada de la belleza de una rosa penetró con el misterio: desaparición siempre repetida, sacrificio que es eterno.

 

¡Oh Elisa!

 

Sólo una rama de muérdago

como una línea de frío titanio por la niebla atravesando te traspasó con su cuerpo.

 

En ese momento

los gemidos de los lobos rayaron el firmamento y pequeñas luciérnagas con sus linternas iluminaron la noche sin luna.
 
                                                                        Leo P. Hermes

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