LA HORA MÁS CORTA
Rambla de Santa Mónica
LA HORA MÁS CORTA
Marta Guillamón se giró hacia ti
en mitad de La Rambla de Santa Mónica y te puso la mano en el hombro como para que te detuvieras –cosa que hiciste-, te miró con cierta ternura y te dijo:
mira a toda esa gente
que siguen un trayecto como si fueran hormigas que van y vienen; tienen prisa como si dentro de su pecho un reloj les devorara los suspiros:
ignoran que la hora más corta de todas
las que mueven el universo se abre paso entre sus labios como la almendra que brota de su reacia dureza: luchando a brazo partido contra su soledad.
Acostumbrada a sus brotes
de inteligencia pura, sabías que sus palabras se acercarían como en tantos y tantos minutos de lucidez a una verdad parcial y tomaste nota en tu memoria para dibujarlas más tarde sobre el papel cuadriculado de tu diario.
Viste, en efecto, en los ojos de los transeúntes
-muchos de ellos turistas-, cómo declinaba la esperanza, vena de una mañana fluvial en el gesto de todas aquellas personas que os rodeaban;
viste sus rostros atrapados
en las mallas de una espera que los corroía como un ácido. ¡Qué poco se les ayuda, qué mal se les reconforta!
El mar y su orilla
-tan cerca cómo están de ellos-, eso que no se ve, forman un todo sellado por millones de horas que yacen en el fondo del mismo pensamiento,
molde de una materia
de la que participan por igual el rumor de la desesperanza de los cardíacos y la certidumbre de la resurrección de los asmáticos.
Marta, una vez más, tenía razón:
la hora más corta se pasea entre los labios y la piel que los acoge.
Johann R. Bach
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