23 ago. 2013

OJOS DE CUERO

OJOS DE CUERO
 
¡Oh mañana!

Si no me inspirases reflexiones poéticas no tendría nada para vivir. Estas rocas que resisten la embestida milenaria de las olas no serían mías.

Ahora me siento feliz

de tener bajo mi mirada manzanos a los que, cuidadosamente, se les preparó el lecho para alojar a sus raíces y también a los descuidados algarrobos que echan ramas y frutos llenos de vida; y, siento gran satisfacción porque mis manos se llenan de sol.

Todo el oxígeno del mundo

puede pasar por mis pulmones sin pedir permiso a los ángeles y sin provocar la irrupción de los demonios y desde la atalaya solar puedo ver cómo los colores se mueven por cielos y mares.

Los dioses han vuelto.

Acaban de penetrar en la vida y nos exhortan a contemplar el paso de las muchachas acariciando las ramblas después de la lluvia. Sus movimientos se parecen al vuelo de las abejas… sólo ellas saben cuánto polen llevan en la boca para que la miel concluya.

Esta tierra de espanto

donde caza el licaón y abundan las víboras, paradójicamente, no está exenta de desamparo y lo que nos piden los inviernos es que levantemos por los aires lo que de otro modo no sería sino limalla enrojecida por la oxidación y lluvia ácida.

Lo que nos piden los inviernos

es que formemos parte del preludio que se ha de convertir en sabor: un sabor igual a aquel que canta bajo su redondez alada la civilización de la luz, del color y el fruto.

En el mar que templa el clima

hay que hundir esa rabiosa voluntad de enseñarnos a despreciar a los dioses que viven entre nosotros.

Ellos, pacientemente,

esperan de nosotros que no permitamos que nos sustraigan la parte de la naturaleza que contenemos. No perdamos ni un pistilo de ella, no cedamos ni una gota de su fina lluvia.

¡Oh mañana!

¡Qué suerte poderte observar aún con mis ojos de cuero!

Johann R. Bach

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