25 ago. 2013

LA FIEBRE DEL ORO

EL PENSAMIENTO DE AURUM

 

Sin poder dormir

te levantas, paseas tu rabia y tu lascivia por el pasillo, bebes un pequeño sorbo de agua con gas; el dolor abdominal sube al límite, como tu tensión arterial.

 

Crees que la vida

te ha tratado mal y los tuyos han sido injustos. Te han abandonado –crees-

después de darles la vida, el idioma y treinta años de alimentos.

 

Sientes que este mundo

ya no te da alegrías que compensen tus sacrificios aunque reconoces que nunca renunciaste a ser rica; enrojeces sólo de pensarlo: las dolorosas punzadas como arpones clavados en tu corazón te hieren más allá de las coordenadas de un umbral soportable.

 

Sin saber por qué, te sientas

y escribes una larga lista de tareas destinadas a poner orden en todo aquello que crees que es de tu responsabilidad: lo quieres dejar todo listo hasta el último detalle antes de iniciar tu viaje hacia el Ápex.

 

Planeas ir a ver las olas del mar;

crees que sólo el olvido podría cubrirte de pétalos de rosas. No como antiguas naves encalladas, desguazadas y oxidadas con las costillas al aire, sino como una gota de miel flotando en el mar.

 

Así caería tu cuerpo;

así las aguas te cogerían al vuelo; así tu olvido dejaría de alimentar malas conciencias con las que se sacian las olas de la desesperanza de los cardíacos.

 

Tus palabras

no son ya más que un sueño de piedras a punto de calcinarse, no son tampoco más que otras palabras.

 

Fuiste por el camino de los hombres

que no eligieron la vida que vivieron: te perseguía el mar en un abrazo que colmó tus pulmones de un rumor de locura.

 

Y, sin embargo,

a pesar de que te desvives por los tuyos, un silencio va buscando a lo lejos tu mirada y, con calma, quieres besar esa otra vida de ser mar en el mar que alimentas.

                                                                               Johann R. Bach

 

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