28 jun. 2013

Se desnudó en el lavabo y se puso el albornoz que le presté

4.    LOS HOMBRES DE MI VIDA   (Manuel)

 

MANUEL 

 

Mientras esperaba que acudiera el ascensor,

entró en el vestíbulo, empapado, jadeante y sin aliento, como una bestia salvaje que se refugia de la lluvia bajo un árbol.

 

Era el becario que me habían asignado

en la oficina para ayudarme a ordenar toda la documentación acumulada durante mi estancia en Costa de Marfil. Mi apartamento estaba lleno de libros viejos cuyo olor al confundirse con el sudor empapado de Manuel hizo aparecer en mi bajo vientre un cosquilleo harto conocido.

 

Se desnudó en el lavabo

y se puso un albornoz que le presté. Comencé a preparar el café de rigor, pero antes de que la cafetera lanzara su aromático vapor ya rodábamos encima de la alfombra.

 

Su cuerpo era más bien fornido,

con fuertes brazos y vello abundante en sus genitales que alcanzaba los límites del ombligo. Su mal afeitada barba lastimaba la piel de mi rostro, pero no protesté hasta que su fiebre descendió a un nivel tolerable.

 

Recuperada ya nuestra compostura

comprobé con cierto disgusto que Manuel era un desastre con los números. Se agobiaba con una simple suma. Renuncié a seguir trabajando con su desorden y volvimos a revolcarnos junto a la pila de los tratados de papel antiguo. 

 

A partir de aquel día paseábamos,

casi cada noche después de hacer el amor, silenciosamente por las avenidas de Bruselas cogidos del brazo. Sólo los fines de semana se queda a dormir conmigo.

 

Secretamente hice que le trasladaran

de departamento. En la oficina necesitaba alguien que fuera eficaz con los números y por suerte su sustituta, una muchacha mallorquina de apenas veinte años, solucionaba a las mil maravillas mis problemas.

 

Aquel apasionado amor duró nueve meses.

Manuel necesitaba experimentar con otras mujeres y yo ya no le servía como experiencia. ¡Ah! ¡La culpa indecible que con el mismo sexo todos los días no disminuye!

 

Al terminar su "stage" en Bruselas

no lo volví a ver. No era mal chico. Aunque es comprensible que en su ambiciosa mentalidad no cupiera la posibilidad de que siendo él aún joven su libido se limitara a una mujer próxima a la tercera edad.

 

                                           Johann R. Bach

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