25 jun. 2013

EL MAL ASPECTO DE ARNICA INDICA SUFRIMIENTO GENÉTICO

               Las Plantas

 

Mi amor suele pedirme regar,

en su ausencia, las plantas. Las plantas –me dice- son familiares; sólo humedad me suplica para ellas.

 

Torpe de mí,

me cuesta entender lo obvio: pocos minerales y escasas gotas es suficiente. La alegría florece.

 

Árnica resiste la adversa climatología

de alta montaña. Viento, frío, nieve, de la cota alcanzada no desiste. Su mal aspecto indica sufrimiento genético.

 

Caléndula bajo una nube está triste,

protege su alma encerrándose bajo sus pétalos; vuelve a reír en el preciso momento que el sol aparece triunfante de nuevo; se desnuda y se tiende para recibir ultravioletas caricias, quiere cicatrizar heridas producidas por humillaciones recientes.

 

Azucenas y margaritas

que alegran los campos se levantan inmediatamente, buscando altura después de ser pisoteadas, reponiéndose pronto de disgustos y afrentas. Ayudan calladamente a nuestra recuperación.

 

Camomillas, Valerianas,

Amapolas y Melisas calman los nervios de forma suave y precisa como si conocieran a fondo nuestro sistema vago y circulando a través de esa autopista del nervio neumo-gástrico llegan a impedir auténticas úlceras pilóricas y duodenales.

 

Lycopodios y amanitas curan impotencias;

con ellos muchos vecinos, algo ya envejecidos, superan su falta de confianza

en ellos mismos, alivian los sueños pesimistas y pesadillas imaginarias.

 

Avena sativa y Alfalfa remineralizan

organismos debilitados y convalecientes convirtiendo el futuro en algo alegre y digno de ser esperado; y, el Diente de León junto a Gayuba se entremezcla con las calabazas de forma que su alianza calma el calor genito-urinario permitiendo un sueño continuo  y reparador.

 

También el poema nace

cuando la lluvia resbala entre las diminutas ramas de árboles y arbustos. De cada hoja escurre el agua hasta bañar, ya venciendo, a troncos y tijas.

 

Bajo las lágrimas de las nubes

las raicillas del enebro van perdiendo su funda de tierra; el agua las despoja y se quedan temblando, mas no a merced de la corriente.

 

Junto a Fray Junípero1, al reuma hacen frente.

 

Pero ¿Qué quieren las plantas

de nosotros? ¿Apetecen el roce o la distancia sólo expuestas

a la mirada? Aficionadas a nuestra ignorancia, hojas y ramas se entredicen, se entremiran.

 

Son las criaturas que susurran continuamente,

tan propicias a los murmullos como las más vivas de las aguas. Cada hoja diminuta muestra como paneles solares de silíceo en sus caras contrapuestas

 

y en sus infalibles aristas

todo lo que la historia continua ignorando. Cada planta es políglota, doctorada en señales, a impulsos sin cesar, variable se balancea según el lenguaje del viento como una anémona Pulsatilla y experta entendida en vuelos y en suaves danzas se baña con la música de la lluvia y se nombra a sí misma La Flor de los Vientos                               

                                                                                 Johann R. Bach

(1)     Juniperus comunis es el nombre científico del enebro

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