28 jun. 2013

El hidrógeno y el oxígeno llegaron a un acuerdo covalente

    EL UNIVERSO TIENE SED

 

Un profesor de fisiología, con ánimo burlesco,

le preguntó a Marta Guillamón, por qué había tanta agua en el mundo. Marta sonrió y tomando un cierto aire de ingenuidad respondió:

 

porque el Universo tiene sed.

 

A continuación su sonrisa se acrecentó.

No se le ocurra –dijo Marta- suspenderme por lo breve de mi exposición porque si lo hace demostrará que Usted no sabe nada de las peripecias que debieron pasar el hidrógeno y el oxígeno

 

para llegar a un mínimo acuerdo.

 

El hidrógeno y el oxígeno se abrazaron

bajo los membrillos solares como dos amantes; sus electrones resbalaban sobre la piel de sus átomos como dedos húmedos.

 

De esas caricias nació un enlace covalente,

ligero, que originó millones de moléculas de agua que se expandieron por el universo con la misión de calmar la sed de un Cosmos ávido de aventuras.

 

El hidrógeno mismo

tuvo grandes dificultades en su nacimiento: ayudada de unos fórceps una Diosa del Amor, con maestría, lo arrancó del caldo de neutrones, protones, neutrinos, quarks, positrones… del verdadero Mar Solar;

 

se demoró por años en las montañas

deslumbrándose con las luciérnagas de litio para superar su soledad, convivió penosamente con los átomos de berilio y boro;

 

se embadurnó el rostro con carbón

y esperó con paciencia a que el nitrógeno arrastrara al oxígeno hasta la playa primigenia golpeada con gigantescas mareas de metano.

 

En esa playa –donde el hombre

echaría anclas millones de años más tarde- los relámpagos alumbraron el cielo durante unos pocos segundos y los rayos clavaron sus vestigios y el principio de un futuro.

 

Sí, sí. ¡No me mire con esa cara!

Sé que me va a objetar que el mar enfermó y que en la medida que envejece se va intoxicando con los minerales.

 

Eso es verdad,

pero durante millones de años los delfines y las alas de las gaviotas lo desgarraron y la energía del sodio cristalizada con el cauterizador cloro –unidos ambos con la fuerza ciclópea del enlace iónico-, cicatrizó sus heridas día a día.

 

Si no me cree, coja una caracola,

escuche cómo salen de su interior los suspiros del Viejo Mar y dicen: "Yo soy vuestra vida; tal vez no sea nadie, pero puedo volverme lo que queráis".

 

Por fin para dar de beber al universo

los ángeles firmaron el acuerdo esperado: por un precio módico se encargaron de sublimar los hielos de las altas cordilleras,

 

evaporar continuamente la piel de los mares,

de forma que hubiera agua dulce para todas las criaturas de cualquier planeta,

 

fundir los hielos en primavera

y mantener en equilibrio -a cuatro grados centígrados- los tres estados del agua: sólido, líquido y gaseoso.

 

El universo tiene sed.

Por eso hay tanta agua en el Cosmos.

 

Cada pléyade de estrellas

de lejanas galaxias se niegan a cerrar los ojos en busca del encuentro secreto de las aguas bajo el hielo -la sonrisa del mar- de los cometas; exploran nuevos planetas y abandonan los pozos clausurados;

 

tantean con sus hilos de luz

las venas; ayudan con ellos a mantener su elasticidad allí donde acaban los nenúfares y el hombre que camina ciego sobre la nieve del silencio.

 

El Universo tiene sed.

                                                                                          Johann R. Bach  

 

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