16 ene. 2015

llovía ceniza y hielo.

BUSCANDO LA LUZ

 

Ya no recordamos

o estamos a punto de olvidar aquellos días en que las manos frías sujetaban un modesto cuaderno de caligrafía y

 

bajo los pupitres

los cordones de los zapatos se habían zafado de sus lazos y los maestros insistían en que fuéramos aplicados.

 

Una voz imperiosa –nos contaron-

ordenó hacer la luz y así se hizo;

 

en aquel preciso instante

nacieron las sombras y una extraña criatura apareció sin lógica.

 

Descendiente de bacterias,

heredero de estrellas y agujeros negros caminaba erecto, articulaba sonidos,

calculaba volúmenes y distancias.

 

Era lo que actualmente vemos en el espejo:

Un simio turbulento.

 

Vivió en unos momentos

en los que los mares se desplazaban, los volcanes vomitaban fuego, azufre, hierro y vapor de agua;

 

llovía ceniza y hielo.

 

Masticando carne sobrevivía

y bajó de los árboles obligado por el frío, se refugió en cuevas en las que dibujaba figuras inspiradas por su transcendente creatividad, pero

 

también se arrastró

en ciénagas cargadas de azufre y metano y se tragó a pequeñas dosis aquel veneno insidioso del amor y

 

el de muchos de sus fracasos

y, en no pocas ocasiones, dudó de todo hasta comprender que no podía dudar de que estaba dudando.

 

El resto es ya muy conocido:

durante decenas de miles de años, aquel "Homo sapiens" fue resbalando por la irresistible pendiente que denominamos civilización

 

sin moverse apenas en el tiempo.

 

Ahora nos parece que somos distintos,

pero nuestros cromosomas nos desmienten: largas hileras de moléculas enroscadas

 

en doble hélice y doble entrada Whitworth

nos arrastran hacia atrás buscando la luz, buscando el amor

 

buscando la luz.

                                            Johann R. Bach

 

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