19 abr. 2014

No acabas de creerte que crucé el jardín, de geometría desconocida para mí...

EL EMBUSTERO DEL HOSPITAL

 

Me llamas embustero

porque digo que todo aquí, en el Lago de los Sueños, es limpio; de una rigidez y silencio que hace que

 

las cosas lejanas, indescifrables,

en perpetua metamorfosis de niebla atravesada por ojos que huyen eternamente, a caballo entre olas y olivos.

 

No acabas de creerte que crucé el jardín,

de geometría desconocida para mí -no euclidiana-, y como todas las puertas están abiertas y nadie impide mi fatal visita

 

me hallo, ajeno ya en mí mismo,

en la sala del gran edificio.

 

Te parece imposible que en mi tranquilidad,

vea el techo, que imita a un cielo de nubes minerales entre planetas inmóviles;

 

la luz que no puedo sospechar su origen;

las paredes y el suelo de piedra fría casi transparente; la quietud, la absoluta quietud.

 

No deberías dudar

de que siento y sin posible fuga, que este hospital, casa de enigmas o asilo de inocente ignorancia, es la agonía de la ciudad que antes recorrí,

 

su vientre o corazón extraviado en la quietud;

su ritual y comunión con los desaparecidos.

 

Quizá te cueste imaginar

que yo, el que lleva el cristal, el que sigue la ley de las águilas en su camino hacia las heladas cumbres,

 

el que ve belleza

allí donde otros sólo encuentran desolación el que está en todos los rincones y en ninguno miro en el núcleo irradiante y

 

trazo la senda de naranjos y algarrobos

que a través de calles, patios y placetas desnudas que soportan una sombra y una luz que aniquilan,

 

hace este hombre al que tú llamas mentiroso,

ahora perdido en el Pabellón de la Pureza, en su única oportunidad de lograr su Transmutación y Principio

 

antes que comience su viaje al Centro,

al Mar del Ápex y de que surja, como ígneo torbellino de las aguas, de sus propias tinieblas.

 

Aunque bien mirado

a quién le importa si miente tu amado.

 

                                                                      Johann R. Bach

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