17 abr. 2014

Más allá del atardecer, en nuestro rincón preferido todo vive en luz

DIAS Y ATARDECERES

 

Hacía tan sólo unos días

que había dejado libre mi cama en el hospital y no me acostumbraba a mi nuevo hogar:

 

me había quedado muy delgado y

cualquier exceso en la alimentación me producía náuseas y me despertaba muy temprano, antes del amanecer.

 

Mis ojos veían

cómo la oscuridad desplegaba su color, azul oscuro a través del cristal; ni una nube que hiciera la noche más apagada,

 

ni una luna con su mácula deslumbrada;

 

sino sólo una estrella aquí y allá,

un nítido punto de fuego glacial, suspendido infinitamente lejos como burla de nuestra vida y muerte y de todo nuestro minúsculo deseo.

 

Luego, en aquel momento,

con los primeros hilos de luz, un nuevo y pálido día comenzaba a despuntar y la insondable noche se iba.

 

Sórdido, tacaño y menudo

volvía a ver el mundo de la luz,

 

sólo con los velos

de algo de neblina que caía sorda, abrigándolo todo para esconder su dolor y fealdad.

 

Sentí

cómo aquellos amaneceres de mezquindad brillaban en mis ojos, como cuando –imagino- el resplandor y la claridad del nuevo mundo despertó al primer hombre.

 

Pues la luz que muestra las cosas acurrucadas

de esta encorsetada tierra, ahora brilla también en tu cara y me devuelve toda su apreciada belleza en un nuevo milagro del renacer.

 

Ahora soy feliz,

sabedor de que sólo un ganglio calcificado en mi pulmón recuerda momentos difíciles, de que

 

el tiempo veloz es nuestro amigo,

y de que nuestro amor brilla apasionadamente, aunque, como todo acabe hecho cenizas.

 

Durante el día,

los espacios infinitos de la noche se contraen y en tus ojos abiertos veo la noche nacer del día, en la eternidad del tiempo.

 

Más allá del atardecer,

en nuestro rincón preferido todo vive en la luz, que alegremente centellea en las combadas tazas de té o en los tiesos pliegues de la cretona de las cortinas evocando su propia blancura.

 

Amenazan sombras,

negras y abultadas, sobre las paredes, donde cuelgan vivos cuadros impresionistas de colores de maravillas que atraen no tanto el sentido de la vista como el del tacto…

 

Labios, mejillas, dedos…

Latidos que buscan el crepúsculo.

                                                                         Johann R. Bach

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