21 nov. 2013

En un cosmos de gases candentes, de nebulosas girando, de un frío intenso

   UN DÉCIMO DE LOTERÍA

                                                       Banco de Gaudí del psiquiátrico de San Boi

 

En lugar de apodarlo Apolo

le asignaron el nombre de Décimo porque cuando lo encontraron semidesnudo deambulando por los bosques de Suiza llevaba en el bolsillo un décimo de lotería español.

 

En los simétricos y hermosísimos ojos grises

de Décimo brillaba la diversión del que finge enmudecer porque así la vida le es más cómoda.

 

Tenía el cuerpo

de un verdadero atleta como el de las estatuas griegas del siglo V a.C. a pesar de que presentaba signos de desnutrición en el momento de su hallazgo.

 

Margarida V. Sureda,

encargada del manicomio de Sant Boi, me escogió entre sus ayudantes para acompañarla a Zúrich. Debíamos averiguar si Décimo era realmente español o si el billete de lotería fue a parar, casualmente, a su bolsillo.

 

Al presentarle diferentes alfabetos

señalaba repetidamente palabras que contenían el grafismo "ny" como canya y no demostraba interés por cagne, caña, cane o canna. Se dedujo así que realmente era catalán.

 

Nos hicimos cargo de él.

Las autoridades sanitarias de Zúrich fletaron una ambulancia con dos enfermeros y un chófer para el traslado hasta Barcelona.

 

Durante el largo viaje

sucedió algo que cambió nuestras vidas. Margarida me hizo el comentario de que en su ficha constaba su total apatía por el sexo como la probable causa de la ausencia de violencia en su comportamiento.

 

Margarida leyó en voz alta el texto:

"Es todo lo contrario de la satiriasis o del síndrome del Marqués de Sade". El estallido de una gran carcajada de Décimo nos asustó.

 

Simulando naturalidad

intentamos iniciar una conversación en catalán: "Yo soy la Dra. Margarida y Johann mi ayudante" ¿Podemos conocer su nombre? Ya lo saben –contestó el supuesto enajenado- me llamo Décimo; eso dice mi ficha ¿no? Rió casi brutalmente.

 

Así que está fingiendo…

Nos miró con cierta expresión de alegría y se soltó a hablar con una claridad meridiana:

 

"Por supuesto que lo más fácil en fingir

que no se ve nada y que lo que es, es, y punto. Yo mismo me comporto así en el día a día como pueden ver, pero resulta tan pobre…"

 

"No recuerdo bien las cifras,

la memoria me falla últimamente, pero he leído que es casi imposible que un conjunto de átomos forme un célula viva…"

 

"Hay una posibilidad por cada millón de billones".

 

¡Y han de unirse correctamente

unos cuantos billones de esas células para formar el cuerpo de un hombre vivo!

 

Cada uno de nosotros

es un décimo de lotería

 

que ha ganado el premio gordo:

unas cuantas décadas de vida, de diversión de la buena.

 

Llegado a este punto

el rostro de Décimo pareció ensombrecerse. En un cosmos de gases candentes –prosiguió su monólogo-, de nebulosas girando,

 

de un frío intenso,

apareció un exceso de proteína, una sustancia gelatinosa como la actual clara de huevo que se dispersaría en forma de miasmas bacterianas y  fermentación…

 

Cientos de miles de ardides

sujetan ese rarísimo salto de energía que, como un relámpago, desgarra la materia persistente y ordenada:

 

un lazo en el espacio,

arrastrándose en medio de un paisaje vacío, pero ¿para qué? ¿Para que el cielo pueda encontrar su confirmación en el ojo de alguien?

 

En el ojo, ¿comprenden?

¿No se han parado nunca a pensar por qué las nubes y los árboles, de color dorado en otoño, pardos en invierno, todo este paisaje marcado por las estaciones del año, por qué todo nos golpea con su belleza como con un martillo?

 

¿Con qué derecho sucede así?

Si debiéramos ser negro polvo interestelar, jirones de la nebulosa de Orión, la norma es el bramido de las estrellas, el diluvio de meteoritos de la noche de San Lorenzo, el vacío, la oscuridad de la que surge la luz…

 

Casi la inmensa nada

y, sin embargo, nos tocó la lotería a los que vamos en esta ambulancia y a muchos otros que lo ignoran ingenuamente.

 

¿Es Vd, escritor Sr. Décimo?

Soltó una carcajada y bajó del infinito: calló.

 

El resto del viaje

lo hicimos en absoluto silencio. De vez en cuando tragábamos saliva por el exceso de turbulencias en nuestras mentes: eran los sentimientos confusos al saber que nos había tocado la lotería.

 

                                                                       Johann R. Bach

 

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