22 nov. 2013

Imaginé el resto: tomates rellenos, ensalada y arroz en su cocina junto al anillo de plata

CAMINO DE SANTIAGO

 

En mitad del atardecer turquesa

con ligera mochila, apenas una anciana de grandes y bellos ojos Palmira K. Bauer envidiosos sólo del prieto moño,

 

cabello tirante ciñendo la cabeza,

vi cómo pasó de largo a los cuatro peregrinos que componían nuestro grupo con un escueto "buena tarde".

 

Yo la había oído,

había oído su voz en el albergue cerca ya de León. Eso fue el año pasado.
 

Sí sí. Era la misma voz aunque esta vez con cierto matiz o quiebro como el quiebro de quien habla con los suyos otra lengua.

 

Su paso coqueto y su aire "chic"

denotaban ya una cierta fragilidad de hueso y en lo frugal que lo alimenta: menudo y alegre, imagen última del colorido horizonte y el gris de la llovizna.

 

Recordé el relato y su voz:

"Vivo sola desde hace quince años sin nadie con quien hablar de las cosas profundas que guardo en mi pecho: de la casa al trabajo,

 

desde el abandono de él,

del trabajo a la casa. No tengo queja del trato que me dan mis compañeros pues insisten en que soy una gran dama".

 

Mientras hablaba

observé sus temblorosas manos salpicadas por las típicas manchas acumuladas, una por cada sinsabor de la vida; su garganta leve, su cuello protegido por un delicado pañuelo "Hermes" y lo ponderado de su vida.

 

Imaginé el resto:

tomates rellenos, ensalada y arroz en su cocina junto al anillo de plata rozando la copa de vino tinto; el único con autorización para mojar sus labios.

 

Bella estampa

recuerdo del Camino de Santiago.

 

                                                       Johann R. Bach

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