19 nov. 2013

Me gustan esos hombres que me miran con cierto pudor fingido

HACER DE TODO MENOS DE PU_ _

 

Lo hice por dinero.

Lo volvería a hacer si la situación lo requiriera. Sí, sí. Necesitaba dinero y estaba dispuesta a hacer de todo menos de pu_ _.

 

A pesar de que la sociedad actual ha evolucionado

bastante, sobre todo en el siglo pasado, las mujeres no podemos ser Papa ni cura, ni obispo porque nos falta la polla.

 

Los asuntos del alma nos están vetados.

No podemos casar formalmente si somos religiosas, ni bautizar aunque para este sacramento no se necesite forma alguna excepto las palabras mágicas "Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Podemos, eso sí, bendecir a los hombres

que nos amaron y a los que nos desean a pesar de los lustros acumulados, a los ministros que promovieron leyes para que pudiéramos votar, de protección de nuestros hijos, etc.

 

aunque hay muchas mujeres

que no atreviéndose a bendecir a nadie por su cuenta optan por decir "que Dios le bendiga"…

 

Pero yo no necesitaba filosofía,

necesitaba dinero y no disponía de tiempo para meterme a presidente de gobierno ni para estudiar la carrera de astronauta.

 

Estaba dispuesta

a hacer lo que fuera necesario para ganar dinero. Todo excepto hacer de puta. Así que me disfracé de hombre y me presenté en las oficinas de los Talleres Nuevo Vulcano de Sant Carles de la Rápita.

 

Mentí como una bellaca

cuando dije que era electricista y que tenía una experiencia de veinticinco años. Asombrosamente se lo tragaron.

 

Me metieron a pasar cables

y sujetarlos con prensaestopas. En una semana mis manos ya no eran mías; llenas de callos no podrían acariciar ni a un gato.

 

Comí en las fiambreras

de los compañeros y por las noches me emborraché con ellos y cuando intentaban alguna caricia sospechosa, desgraciadamente, me tuve que contener.

 

Justo a las tres semanas

nos trasladaron al puerto a todos los que trabajábamos en la plataforma. Olíamos a petróleo, las uñas vestidas de luto hablaban por sí solas de la vida que habíamos llevado sin más paisaje que el mar.

 

Todos corrieron a la pensión

donde habíamos de morar durante una semana antes de volver a sumergirnos en el petróleo. Yo corrí a la oficina a cobrar, tomé un taxi que me llevó a la estación y desaparecí de aquel mundo masculino.

 

No tengo queja de los hombres.

Me gusta que me agarren el pelo por detrás, valoro al que me besa la cara interna de las rodillas a pesar de mi edad;

 

no le hago ascos al pervertido,

al lujurioso, al tímido, al que dobla los pantalones en la silla. Me gustan esos hombres que sin más, en el metro, me miran con cierto pudor fingido

 

y no apartan sus negras pestañas

de la dirección de las mías y son jóvenes y hacen que el vestido elegido con serias dudas frente al espejo sea el mejor vestido del mundo.

 

                                                                        Johann R. Bach

 

 

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