18 nov. 2013

Encontré en un índice de nombres el de Zenón de Elea discípulo de Parménides

HUIR DEL CONCEPTO DE INFINITO

 

Justo al pisar la facultad,

el nombre de Zenón -un compañero- me llamó la atención. Era la primera vez que oía ese nombre.

 

Era un muchacho de mi misma edad,

un poco bajo de estatura y de constitución maciza. En su rostro destacaban unos grandes ojos ligeramente rasgados y una nariz curvada y ancha sin llegar al aplastamiento de las de los boxeadores.

 

Zenón N. era un buen estudiante

y dotado de una gran personalidad.

 

No teniendo trato directo con él

construí un inventario de sus cualidades a partir de la admiración que por su persona sentía Rosa F., Mariona P., Joan M., Jordi S., José L., Paco Fernández Buey, Jordi M., A. Pacheco, Josefina Ll., Jordi B., Mariano L. Jaime P. etc…

 

Cierto día entré en la biblioteca

y encontré en un índice de nombres el de Zenón de Elea, discípulo de Parménides.

 

Leer su pretensión de demostrar

que el movimiento es imposible a través de la idea de que Aquiles no alcanzaría nunca a una tortuga que le llevara en el punto de partida alguna ventaja, me hizo aterrizar en la Antigua Grecia.

 

Lo curioso de Zenón

es que consiguió defender esa idea, que supone en si misma una tontería. Sin embargo, su historia hizo que en mi cabeza zumbara la idea absurda del concepto de infinito.

 

Tardé muchos años

en aprender a escabullirme de esa rara cosa que tan alegremente se usa llamándole infinito. Huir del infinito me ayudó mucho en matemáticas y física.

 

Mi mirada se volvió hacia Descartes

que decía –y con razón- que todo lo que existe, existe en cierta medida.

 

Dos evidencias me tranquilizan desde entonces

 

LA PRIMERA: La relatividad

estableció un máximo para la velocidad en el universo y

 

LA SEGUNDA: La mecánica cuántica

acotó un mínimo para la energía.
 
                                                  Johann R. Bach

 

 

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