22 nov. 2013

Dorados se doblegaban los girasoles sobre la valla del jardín

2.      LOS HOMBRES DE MI VIDA  (Carlos)

 

 

Dorados se doblegaban los girasoles

sobre la valla del jardín, porque ya era el verano.

 

¡Qué maravilla

sentir el celo de las abejas confundido con el propio bajo el follaje verde de nogal, refugiados de los temporales de paso!

 

Plateada florecía también la amapola.

Con un sencillo asombro se llevaba en cápsula verde nuestros sueños nocturnos y estelares. ¡Ah, qué silenciosa era la casa, cuando él se adentró en la oscuridad.

 

Purpúreas maduraban las ciruelas

en los árboles y el jardinero movía sus duras manos quemadas de años. ¡Qué bellos signos hirsutos al sol radiante!

 

Pero el silencio entraba en la tarde,

la sombra de Carlos dentro del círculo dolorido de los suyos se espesaba como la última miel y cristalino resonaba a su paso sobre la hierba del jardín a la orilla del bosque.

 

Vaciada de niños –su principal preocupación-,

la casa parecía envejecer. Callados se reunían aquellos alrededor de la mesa de la casa vecina y partían con manos de cera el pan, con olor a sangre, pensando en rechazar el amor de la madrastra .

 

La noche anterior,

los ojos pétreos de la hermana –mi cuñada- se clavaban en los míos cuando durante la cena parecían culparme de su locura e intentaba inocular en la frente de su hermano la primacía de sus derechos sobre la casa; y,

 

entre las sufridas manos de su madre,

los alimentos parecían petrificarse. ¡Cómo los corruptos, con lengua de plata acallaron el infierno!¡Cómo comparados con los componentes de aquella familia, los ángeles caídos estaban poseídos por una infinita bondad y se ponían todos en corro alrededor de Carlos!

 

Después de aquella noche

en la que sonó la lluvia refrescando los campos, en la espinosa profundidad del bosque Hermes siguiendo los amarillos surcos en medio del trigo llegó puntual a la cita y con el silencio suave del verde ramaje trajo la paz a Carlos.

 

Yo sabía que oscilaban huesudos los pasos

de Carlos –acompañado por Hermes en su camino hacia el Inframundo-sobre serpientes adormecidas al margen del bosque y que el oído sigue siempre el grito delirante del buitre y,

 

antes del amanecer,

mi figura desapareció de aquel extraño paisaje familiar como resbalando sobre un espejo roto. Sólo un vago recuerdo del sexo oral fijado a mi piel, muestra en mis sueños, de vez en cuando, el rostro lunar de Carlos.  
                                                           Johann R. Bach

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