11 oct. 2013

No me arrepiento de haber dejado ese decadente ambiente

   MARTA GUILLAMON YA NO VA AL TEATRO

         

En mis años de estudiante

a quien yo admiraba con absoluta entrega, más incluso que a Cervantes o Rilque, más que a todo el parnaso de las antologías académicas y de las lecturas escogidas, era a Marta Guillamon.

 

Marta padecía un leve trastorno de comunicación

que a nosotros, poco dados a actitudes intermedias, nos llevaba de la piedad a la anticipación y de la ansiedad a la admiración.

 

A saber: decía lo que le daba la gana.

 

No hace mucho me topé con ella

en el Paseo de Gracia. Sí sí, me topé con ella, con Marta Guillamon la gran admiradora del trabajo que hizo durante toda su vida Adolfo Marsillach dentro y fuera del teatro.

 

Me pareció una cortesía preguntarle

si aún iba al teatro pues Adolfo Marsillach murió dejando un mal sabor de boca a todos nosotros al haber declarado poco antes de morir que el teatro no servía para cambiar la conciencia.

 

¡Ay! Déjame coger aire –me dijo-

y aguántame cinco minutos sin abrir la boca.

 

Me fui cansada del "teatreo" de Madrid,

de las quejas, las envidias, los cotilleos, los enchufes, los depredadores, la decepción, la crueldad, la banalidad, la mezquindad.

 

No me arrepiento

de haber dejado ese decadente ambiente.

 

Desde la desaparición de Adolfo,

me entristece tener que distinguir entre realidad y ficción, renunciar a la vida que tanto admiré, con el corazón encogido de vuelta a Barcelona.

 

He acabado aceptando la escisión,

convivo con ese pequeño dolor.

 

Finjo que pertenezco a este mundo,

acepto que los jóvenes pidan becas, escribo en Google, trato a cientos de personas con gotas de café y vinagre, piñones y poemas en prosa y pago el alquiler, la línea ADSL y los coches alquilados en los aeropuertos con tarjetas de crédito.

 

Soy más yo cuando escribo

que cuando hablo. El teatro no admite mentiras. Por eso ya no voy al teatro porque es el único lugar donde cabe la verdad.

 

Me enfurece que la práctica teatral

esté tan desligada de lo que ocurre en otros campos y sobre todo, de lo que ocurre en el mundo.

 

No lo entiendo.

El mundo teatral no se interesa por la narrativa, la pintura, la fotografía, la música. El autor teatral, en general, es un dictador. Suele anteponer sus antojos racionales a las necesidades intrínsecas de la obra por nacer.

 

Luego el texto se lleva a escena

y no hay más que actores que hablan y hablan, sin que nada ocurra en sus cuerpos, aderezos de videos y momentos decorativos donde los actores bailotean un rato para descansar la garganta. ¿Es eso teatro?

 

A mí no me interesa el "meter más",

ser más original, más moderna. A eso en mi juventud le llamaban egocentrismo, ingenuidad cargada de torpeza.

 

Es verdad que yo he tenido

y aún tengo una vida rica en paisajes y en nuevos aprendizajes de lenguajes especializados y

 

he llegado a avergonzarme por ello

porque yo admiro muchísimo a la gente que hace una sola cosa en su vida y la domina como un profesor de matemáticas que se pasea entre grupos, cuerpos y anillos o el guardagujas que ve pasar todos los trenes de su vida sin subirse a ninguno de ellos.

 

La entrega absoluta

de esos personajes me conmociona, me lleva a la inspiración poética y a olvidarme del teatro.

 

No.Ya no voy al teatro.

                                                                        Johann R. Bach

 

 

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