15 sept. 2013

Lloraba, sin saber si era de miedo, de tedio, de asco o de cansancio

         Niños cantores

 

             Enuresis nocturna del niño

                CAUSTICUM 7 CH

             Suicidio

                ARSENICUM ALBUM 200 CH

             Suicidio premeditado

                AURUM METALLIC 200 CH

 

Busco una casa con dos hijos,

a la madre de esos dos ángeles,

niños cuyas voces suenan

como campanas de primavera,

 

como fuentes de verano,

como penas de otoño

y bendito su silencio en invierno

cuando duermen mojando la cama.

                                 Johann R. Bach

 

En mi cuaderno de notas tengo una dirección a la que me dirijo. Tengo que visitar a dos niños huérfanos cuyas características son las de ser muy pequeños, el mayor tiene seis años y tres el menor y  que cantan maravillosamente bien. Su padre un hombre avaro en extremo, egoísta y ególatra hasta la locura se suicidó a los setenta y nueve años de edad dejando prácticamente desamparada a su mujer extranjera con un niño de tres años y otro germinando en su vientre.

Mientras vuelo hacia ese hogar me imagino cómo pudo ser aquella noche fatídica. Levanto la vista por encima de los respaldos de las butacas del avión y muevo inquieta mi mano. Escribo.

 

Murió llorando.

Comenzó a llorar al ver el líquido de veneno que se lo llevó. No tuvo una vida alegre, había estado enfermo. Padeció cargas familiares deprimentes. Había tenido resentimientos. Especialmente quisquilloso como los vegetarianos y profundamente egoísta a un tiempo, los pequeños problemas cotidianos lo llevaban a una extrema agitación.

 

 Era como si la existencia armada con un fusil de barro lo hubiera tiroteado sin descanso. No quería ni a su trabajo ni a su país y se sentía incapaz de encontrar otros que le hubieran podido gustar. Aunque tuviera una opinión favorable de sí mismo en un terreno absoluto no se ilusionaba sobre sus poderes relativos, pero había llegado a convencerse de que pese a todo eran los únicos útiles.

 

Su oficio era el de relojero. Habría podido fabricar esos objetos de contenido abstracto con envoltura compleja que eran del gusto de la época. Coleccionó los pocos relojes o cajas de música que consideró una obra de arte, incluso llegó a hacer una exposición permanente en el antiguo barrio de San Nicolás de Berlín, mediante la apariencia de una tienda para turistas en la que a nadie se le ocurriría comprar ninguna de sus joyas.

 

En su mente construía objetos emocionales de continente sencillo que no llamaban la atención de nadie. El no atraía a la multitud hacia ellos porque lo consideraba degradante. Los dos o tres amigos que le asignaban alguna importancia parecían hacerlo por razones extrañas al objeto mismo.  Quizá ya estuvieran rondando a su mujer antes de su necesaria e inminente desaparición.

 

Tenía a pesar de todo la sensación de que no estaba lejano el día en que las producciones del tipo de las suyas habrían de ser las únicas adecuadas a un universo muy al corriente de las realidades . Desgraciadamente él ya no estaría allí, frase parecida a la de Nerón cuando prendió fuego a Roma mientras exclamaba ¡qué gran artista pierde el mundo! (Recuerdo: Mira Nero de Tarpeya a Roma como ardía…).

 

Lloraba al mirar el veneno líquido que no tenía un color agradable, que no ofrecía nada reconfortante que sólo era un líquido gris con olor irritante. La habitación en la que estaba no carecía ni de comodidad ni de cierto encanto. La había hecho él sin darse cuenta a base de tacañería. En realidad él lo había enviado todo al demonio desde hacía tiempo. Lloraba.

 

Lloraba, sin saber si era de miedo, de tedio, de asco o de cansancio. Si hubiera tenido una vida agradable con aplausos, ocios, distracciones, tranquilidad, se decía a sí mismo que hoy quizá no hubiera acabado con un líquido molesto en un mundo molesto. Eso llegaba palada a palada como correspondía a un gran sepulcro.

 

Si hubiera sabido que su mujer, una chica mulata jamaicana, estaba esperando un hijo suyo, las cosas no hubieran sido muy diferentes.

 

Soy la doctora que vengo a visitar a los pequeños -dije cuando me abrieron la puerta de una humilde vivienda. Tres bellezas me invitaban amablemente a pasar. Los tres, la madre y los dos pequeños tenían unos ojos enormes ligeramente rasgados y su blanca piel era suave como pétalos de rosas.

 

La sensación de sus cuatro besos al llegar y sus seis al despedirme perdurarán por largo tiempo en mis mejillas. Hice un trato con los niños: ellos me cantarían una canción y yo les contaría cómo era su padre. Les conté las muchas cualidades que tenía y lo maravilloso que fue mientras vivió con su madre. Ella estaba situada detrás de ellos y de vez en cuando se le escapaba una lágrima deslizándose rápidamente sobre su rostro.

 

                                    Johann R. Bach

No hay comentarios:

Publicar un comentario