20 sept. 2013

...come más que una lima y su cerebro funciona con la rapidez del rayo

LOS NIÑOS NO MIRAN EL RELOJ

 

Cuando llegué a este hospital

encontré a faltar los ciruelos rojos, los cipreses y las plantaciones de manzanos, los campos de trigo y las laderas de girasoles.

 

Aquel edificio descomunal sin grietas

me pareció más granítico que los bloques de las plazas y aceras modernas destinadas a que nadie se asiente en ellas.

 

Sentía la angustia

como se extendía dentro de mí, como el corazón se fatigaba y mis ojos que habían aprendido a mirar desaprendían al ver aquel dibujo técnico en lugar de algún bello paisaje.

 

Una blanca caricia de luz

me recordó aquellos naranjos que me alegraban los inviernos llenando de color mis ojos y de esencia sutil de azahar mis pulmones.

 

En la mañana imaginaria,

también la Luna y el Sol se entremiran,  pero en ausencia de invierno, aunque las temperaturas al otro lado de la ventana estén cargadas de hielo.

 

Recuerdo tu amabilidad

que junto a tu paciencia, a tu simpatía y a tu cariño poco a poco fue ganando terreno hasta separarme totalmente de aquel silencioso abismo sin final conocido.

 

Me acostumbré

a que tus manos retornaran a mis labios cada noche de todas las noches prescritas por un reloj cómplice del baile de las constelaciones.

 

                                                                                  Johann R. Bach

 

La vida en el hospital pasa como un soplo si no levantas la cabeza de tu trabajo, pero en mi caso es imposible que eso suceda. El trato con niños me obliga a sentir lo que ellos viven y todos mis pensamientos y los suyos están exentos de aburrimiento.

 

Son como gatos que juegan con su ovillo. Se entrenan para enfrentarse a su futura soledad, meditan a una velocidad endiablada y observarlos da vértigo y por ello los queremos frenar porque nosotros los adultos hace ya mucho tiempo que enlentecimos nuestras funciones.

 

El tiempo para los niños es distinto que para los mayores. Su mundo es más real que el de la gente madura. Su percepción del tiempo transcurrido entre dos sucesos se aproxima mucho más a la cadencia del movimiento de las constelaciones.

 

En efecto, en las personas mayores el tiempo pasa lentamente en el presente aunque la sensación que se tiene del tiempo pasado sea la expresada por muchos filósofos: "Tempus fugit".

 

Según muchas observaciones la percepción sobre el tiempo transcurrido entre diversos sucesos tiene que ver con el metabolismo de nuestros cuerpos. En general las sensaciones sobre la "velocidad del reloj" depende del sistema endocrino. Javier, por ejemplo, es un muchacho que se pela de frío y al mismo tiempo no soporta el calor.

 

Sufre una discrasia en la formación de la grasa subcutánea; es decir, no tiene nada de grasa bajo la piel por lo que está desprotegido ante el frío o el calor. Su metabolismo está acelerado por disfunción del tiroides. Se mueve constantemente, come más que una lima del cinco y su cerebro funciona con la rapidez del rayo.

 

Sin embargo Claudia, también nerviosa, se encuentra de maravilla con las bajas temperaturas y no soporta el calor del verano, sus orejas suelen estar rojas como sus labios, tiene algo de sobrepeso y su abdomen es voluminoso.

 

Los demás niños la siguen en sus juegos; se encuentran a gusto en su compañía porque parece tener solución para todo. Su optimismo es cautivador y sólo se muestra agobiada cuando se acalora.

 

Lucía no soporta el invierno y se encuentra eufórica en verano. Con sólo diez años ya ha tenido la primera regla. Prematuramente conoce ya el dolor de riñones, el sentirse triste con la menstruación y con la ausencia de luz intensa y música a la vez.

 

Es como si los compases de la música rítmica le ayudaran a "medir el tiempo". Claudia parece conocerla mejor que nadie; baila con ella al son de Rock and Roll para animarla.

 

Desde el desarrollo aritmético de la civilización árabe el sistema métrico decimal ha ido invadiendo todos los dominios de las "ciencias métricas" excepto en el campo de la medición del tiempo. ¿Por qué? En la antigüedad el número sagrado era el 12 debido a las observaciones que del cielo hacían los sabios.

 

Las constelaciones eran 12 y su cadencia marcaba el año solar y las estaciones. El año quedó fijado en 12 meses, al día le asignaron 24 horas (un múltiplo de 12), se dividió la hora en 60 minutos (múltiplo de 12) y éste en 60 segundos (también múltiplo de 12). Los adultos necesitamos mirar con frecuencia el reloj para todos nuestros actos porque hemos perdido la noción del tiempo. ¡Qué placer jugar con niños!

 

También nuestro Hospital se rige por las constelaciones del Zodiaco. Aunque aquí ha desaparecido la división del día y la noche y las estaciones tampoco existen nuestros ritmos vitales siguen siendo circadianos y necesitamos para orientarnos un Zénit y un Nadir aunque sean convencionales. Ellos nos marcan el horizonte y el azimut los puntos de luz en el cielo.

 

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