15 sept. 2013

En tus cuadros se observa la constancia

  ANTE UN CUADRO DE DELACROIX

 

¡Oh alma de antaño!

Alma lejana, has vuelto a mí esta lluviosa tarde envuelta en sombras.

 

¿Consentirás que me quede contigo,

embelesada, en ti, para prolongar estas horas dulces?

 

Amiga del crepúsculo que regresas,

que te vas, y que a veces creo perdida para siempre, ¿qué te llama de nuevo al ver estos colores, y precisamente a esta hora?

 

No supe hasta bien entrada en años

que fuiste imbuido -¡oh Delacroix!- en el profundo sentido del misterio que reside en estar todo el tiempo en el equívoco, en los dobles, triples aspectos,

 

atisbos de aspectos

(imágenes dentro de imágenes), formas que van a ser, o que serán según el estado de espíritu del que admire tu arte.

 

Pero este sentido

en el que tú te aplicas a la pintura exigió tacto por tu parte, una suerte de mesura infinita, más que en cualquier otro, y los que te admiramos estamos seguros de ello.

 

Tu arte –lo sé- te exige como artista,

en mayor medida que a los demás, ser consciente de cada minuto de su gestación.

 

En ti Delacroix,

mediante revelaciones que en absoluto te empequeñecen, puede apreciarse una escisión entre el hombre y el artista.

 

Quien haya estudiado tu obra

constatará fácilmente tu esfuerzo y que te organizaste admirablemente para producirla y llevarla a cabo.

 

 

En tus cuadros se observa la constancia,

la tenacidad, el método, tu empeño en producir, la delicadeza cotidiana que empleaste para mantenerte en vilo ante los maestros que adorabas y sus estudios secretos y singulares:

 

en una palabra, para lo que todo creador,

cualquiera que sea, persigue sin tregua, tú tenías la ley y la fórmula, y el tiempo presente está mal elegido para recriminar sobre la forma o el modo de expresión que empleaste.

 

Fuiste, tú mismo,

de un extremo al otro de tu carrera; eso ya es algo; el resto, importa poco.

                                                                            Johann R. Bach

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