2 jun. 2013

¿Por qué no las podemos llevar a un funeral?

  Fibonacci y las margaritas

 

Azucenas, ranúnculos, caléndulas

bellis perennis, girasoles y árnicas todas hijas o hermanas de las compuestas margaritas van de la mano como una sucesión de Fibonacci.

 

Ya no dan la impresión de originales

porque son numerosas. Y llaman la atención con ese bulto de estambres aceitosos graduado y amarillo. Los pétalos lo enfocan: ahora las pestañas se hacen anchas.

 

¿Por qué no las podemos llevar a un funeral?

Y en la noche, como niños, sin ansiedad encierran sus conciencias con los pétalos blancos. Alegres, individuales como la sufrida Arnica que resiste en pie vendavales, lluvias y nieves; su maltrecho pelo muestra su soledad.

 

Mientras el infatigable girasol amarillo

cubre la yerba con versiones de un ojo. La fuerza de su mirada plena, sencilla, sólida, contenta. Giratoria y doméstica como el vino.

 

Multitudes que esperan

una palabra cada una, cada una una mirada… una caricia sobre la piel quemada; ésa es la alegre y ardiente caléndula que sólo se pone triste cuando una nube oscura le priva de los hilos de oro del dios Sol; se encierra en sí misma, una gota de cristalino jugo evita las cenizas de su cabellera. No se marchita.

 

Cuando se van, te arrancan las margaritas

una expresión de exaltada simpatía. Ricas hasta el último intervalo con sus tubos diminutos de polen, de aceite.

 

Para el ojo,

son simplemente para el ojo, y sin olor alguno. Para el espíritu es, su órgano invisible, (cada orgullo necesita su Bellis perennis) esa sensible cosa.

                                                                                     Johann R. Bach

 

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