4 jun. 2013

Cuando se despiertan los campos y tu siegas con tus rubias manos

    LA LUZ DEL GRANADO

 

Silbando en cámaras abovedadas,

atraviesa la tramontana con su terquedad y murmullo un auténtico laberinto de flores fucsias, la luz salta en él esparciendo sus sonrisas

de frutos granados de vida.

 

El legendario arbusto ríe a carcajadas

con hojas recién nacidas en el alba abriendo los colores desde arriba, estremeciéndose de triunfo.

 

Cuando se despiertan los campos

y tú siegas con tus rubias manos los tréboles de tus sueños, es el granado que pone inesperadamente en tu verde cesta las luces.

 

¿Ha sido siempre el granado

el que ha disipado la niebla del mundo? Nunca triste, nunca gruñón

grita la nueva esperanza que nace, saluda en la lejanía, sacudiendo un pañuelo de hojas de llama fresca, a dos mil barcos que rasuran el horizonte que con olas que dos mil veces van y vienen civilizando playas y acantilados salvajes.

 

Es el granado el que hace rechinar

las altas velas y veletas que se refriegan en el aire transparente y en las alturas con el racimo cobalto, insolente, lleno de peligro.

 

Quiebra el granado

 -como el fulgor de tus ojos mi amor- con la luz en medio del mundo

los nefastos tiempos llenos de huracanes y, de parte a parte, extiende su pequeña yema del día.

 

No importa que las tormentas destruyan

y arrasen ciudades y campos; el granado siempre volverá a llenar las costas mediterráneas de Granadas y Barcelonas.         

                                                                                              Johann R. Bach

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