26 abr. 2016

El suelo, si es posible, lo desearía de cerámica antigua color mangra


LAIA LA ARQUITECTA

Hablándole a Laia, arquitecta dulce y comprensiva,
con una carpeta llena de dibujos entre las manos, Cassia va y le dice que quiere una casa que tenga espacio donde leer y remover libros, donde prosas y poemas se encuentren tan a gusto como ella dibujando.

Le gustaría –insiste machaconamente en ello-
que los techos tuvieran altura para que pudieran volar todos los pájaros que están en su cabeza y los ficus que crezcan junto a los grandes ventanales puedan alcanzar una altura, por ejemplo, de cinco metros.

El suelo, si es posible,
lo desearía de cerámica antigua color mangra y en el centro de la casa la luz cenital resbalase como la lluvia regando la lavanda y el romero de un pequeño jardín.

Las ventanas podrían ser enteras (puertas)
por donde además de la luz pudieran pasar las personas, un par de dálmatas, un gato e incluso una tortuga.

Laia, sin dejar de sonreír,
le dice a Cassia que ya afina el lápiz. Parece que por un proyecto de esas características no se va a disgustar.

Porque toda felicidad
que de siempre ha hecho temblar los corazones, toda grandeza que a punto está de destruirnos tan sólo por el atrevimiento de haberla pensado; cada uno de los amplios pensamientos que se transforman…

hay un instante
en que no eran más que un encogimiento de labios, la elevación de unas cejas, zonas sombreadas en la frente; y ese trecho alrededor de los labios, esa línea sobre los párpados, esa oscuridad en un rostro…, quizá ya existieran en la arquitectura de la cara de Laia exactamente igual:

como un dibujo en la piel de una diosa, como en el surco de una roca frente al mar, como la huella de un gorrión sobre un fruto…

Cassia prepara también en la mente su propio proyecto: Un dibujo al carboncillo del bello rostro de Laia.

                                                                              Johann R. Bach

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