29 abr. 2016

los paisajes de sus recuerdos de niña en los que se confundían colores como “castaño” y “avellana”.


EN LOS PIRINEOS

Embutí, a última hora, como siempre,
en mi bolsa de viaje un pijama dos libros y dos leotardos –uno azul y otro negro- y después de besar a Clementine bajé a la carrera las escaleras. Cassia me esperaba nerviosa aunque contenta, sentada al volante de la furgoneta cargada de huéspedes y de ilusiones.

Partimos hacia el sur de Francia
y se podría decir que la combinación de todos nosotros era explosiva, pero no fue el caso, más bien casi nadie abrió la boca durante el viaje, en las ocho o nueve horas de carretera hacia Las Cabanas. Niko leía una novela mientras que Laia y el resto escuchaban la música de la radio. Las cervezas que continuamente íbamos consumiendo servían con su aroma el efecto organoléptico suficiente para que los olores corporales exacerbados por la calefacción del vehículo quedasen completamente camuflados.

Cuan viajas mucho, basta con mirar el paisaje, desde las ventanillas, para ver cómo el país va cambiando de fisonomía. Llegamos a Las Cabanas bajo un cielo oscuro y amenazador, a través de una niebla densa, hasta que llegamos a media tarde, a una pensión, un edificio rojizo que como diría un trovador, "también fue nuestra posada". Descendimos del coche en medio de un frío paralizante, menos mal que la "posadera", una señora pelirroja y rubicunda, llena de vida, abrió la puerta y nos invitó a entrar.

Aquel no era uno de esos hoteles impersonales,
sino que parecía una casa de gente acomodada, tan atestado de toda clase de tapetes y ornamentos que casi no había sitio para sentarse. Las habitaciones de los huéspedes eran tan tentadoras y tan frescas, con su mobiliario antiguo y sus sábanas de Holanda, que no apetecía salir de allí por nada del mundo.

Pero la verdadera revelación
la tuvimos al día siguiente, al alba, cuando nos despertamos en la luz deslumbrante de la mañana y bajamos al salón a tomar el café y los dulces. Por la ventana se veía un paisaje increíble: un jardín con cipreses como sólo había visto en Setcases, y al fondo, una cadena de montes en el horizonte, límpidos y polifacéticos, cubiertos de nieve. "Los Pirineos", nos dice la dueña del hotelito con una especie de orgullo.

Cassia estaba especialmente emocionada
pues esos montes formaban parte de la geografía imaginaria algo distintos de los paisajes de sus recuerdos de niña en los que se confundían colores como "castaño" y "avellana"con los propios nombres de Los Pirineos. El café de aquella mañana y la conversación con la señora pelirroja, llena de buena voluntad para con aquellos "parigots tête de veau" de adopción que habían caído en su pensión, todo se mezclaba con ese nombre tan fascinante, los Pirineos.

                                                       (de la novela "Dibujos y Paisajes de Cassia")
                                                                                  Johann R. Bach

2 comentarios:

  1. Griselda Corni Fino
    Ahir a les 23:54

    Preciosa panoramica

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  2. XANA GARCÍA
    17:08 (fa 1 hora)

    "Cassia estaba especialmente emocionada
    pues esos montes formaban parte de la geografía imaginaria algo distintos de los paisajes de sus recuerdos de niña en los que se confundían colores como “castaño” y “avellana”.

    Cassia nerviosa, pero cargada de huéspedes e ilusiones observa el paisaje de La cara norte de los Pirineos:"una cadena de montes en el horizonte, límpidos y polifacéticos, cubiertos de nieve. “En ellos se funde y se mezcla,ya no son para ella un paisaje imaginario,pero de qué lugar procedía Cassia?

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