25 abr. 2016

Me miro ahora la mano que sostiene el bolígrafo


LA AVERSIÓN AL TABACO DE LOS LAGARTOS

Muchas veces he intentado escribir un diario en el que volcar todos los apuntes de aquellos sueños de mi vida, coloridos y extraños, en absoluto psicoanalizables, más bien una especie de cuentos de hadas, una especie de Jardines Paradisíacos situados en este rincón del Ápex en el que me ha tocado vivir.

Creo que la riqueza de luz y colores de mis sueños provenía del hecho de que dormía con los ojos abiertos de par en par, como no he visto dormir a nadie más. Y no culpo a aquellos que huían de mí, porque contemplarme mientras dormía podía ser espeluznante, como velar a una muerta.

No pretendo explicarte en este escrito por qué tuve aquella aventura tan extraña con Pablito un asunto inexplicable como todo lo natural. Tampoco quiero aburrirte explicándote cómo, finalmente, encontré al Hombre de mis Sueños. Pienso tan sólo en convocar a mi pasado, una serie de imágenes que sustituyan el caos en el que me he movido siempre.

Ahora, desde que ellos, pobres viejecillos abrumados por la preocupación, notaron algo raro en mí (queda casi ya en el olvido aquella historia de cubrir los espejos para impedir que yo viera mi pequeñez y otras más), desde que ejercité mis atipladas cuerdas vocales, permanece el recuerdo de algunas tardes doradas, nostálgicas, en las que, al otro lado del permanente muro de ladrillo rojo, no se oía nada más que el crujido de algunas hojas al sol y la cantinela de los lagartos que sólo un oído con hiperacusia como el mío podía escuchar.

Como en antes, permanezco demasiadas horas en la cama y sobre la silla de ruedas, confundida por la soledad y la emoción, y a mi mente vienen, dolorosos, desgarradores, fragmentos de recuerdos muy antiguos, desde la más lejana infancia.

He pensado en anotar alguno de esos relámpagos violetas, de esas luminarias puntiformes que siento mientras, con la cabeza hundida en la almohada, contemplo las rayas gruesas doradas, de la pared opuesta a mi cama y las flores de la cretona de las cortinas. Pero no al modo cervantino, demasiado esteta para lo que yo puedo pretender. Por lo demás, el discurso de El Quijote me resulta, lo quiera o no, familiar antes incluso de saber quién era el Miguel de los migueles.

También es extraño que haya experimentado, en mi tardía adolescencia, todas las sensaciones aparentemente tan particulares, tan irrepetibles, de algunos escritores famosos: conozco el efecto de las novelas de Cervantes y sus perfumados paisajes…

Mientras pensaba en lo que estaba escribiendo el viejo lagarto ha asomado dos o tres veces la cabeza por la ventana. Le he hecho un gesto con la mano con el que intentaba ser amable, cada vez, para que me dejara escribir. Finalmente le he dicho que me daba miedo que llamen al médico y que me vea obligada, a actuar en esa comedia llamada normalidad.

Me miro ahora la mano que sostiene el bolígrafo. La roja laca de las uñas se ha levantado casi por completo. Mi escritura es en cierto modo distinta a la de antes; sin embargo, mi letra aún es fácilmente legible. Admiro tu tenacidad –me ha dicho el viejo lagarto-, me asombra tu poderosa memoria que te permite describir fácilmente los recuerdos fulgurantes de tu infancia.

Si amigo mío, aunque no siempre son agradables los recuerdos de cuando yo era niña. Recuerdo una vez que al pasar por una esquina de mi casa vi a tres hombres en camisa blanca, perfilados sobre el cielo rojo como una llamarada, fumando y hablando tranquilamente. Por lo demás, no había testigo alguno, sólo los muros inmensos de ladrillo rojo, con ventanas ennegrecidas por el hollín, de unos talleres abandonados ya por aquel entonces. No puedo asociar a aquellas imágenes enigmáticas ni un sonido ni un olor.

Al pasar junto a ellos intenté mirarles a la cara echando la cabeza hacia atrás. Me parecieron inmensos, les llegaba hasta poco más arriba de las rodillas. Se inclinaron hacia mí. Tenían unas caras monstruosas, sólo carne y sangre. Reían sin ruido, uno de ellos me cogió de los sobacos y me lanzó hacía arriba para volver a cogerme al instante. Empecé a gritar, pero también sin sonido, y finalmente me depositaron en el suelo. Recuerdo que estaba mareada, la vista se me nublaba y un sudor pegajoso y frío recorría mi frente. Finalmente después de tambalearme vomité y la náusea se apoderó de mi cuerpo.

Conozco esa sensación –dijo el lagarto después de escuchar mi relato- pues siendo yo un joven y apuesto lagarto caí en manos de unos niños que no se les ocurrió otro juego que meterme en la boca una colilla de cigarrillo. El tabaco me mareó y sentí todas esas cosas que me has contado. El exceso de saliva me hizo sentirme muy mal, pero fue lo que me salvó. A mí me salvó mi madre que me cogió en brazos a pesar de empaparle el pecho y cuello de la blusa.

                                                                                                       Johann R. Bach

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