4 jun. 2015

Me tumbé junto a ella y bebí sus lágrimas.


FERNANDO CONFIESA QUE AMA A TÍA CINTA

Durante la noche
en la que Clara y yo, agazapadas detrás de la ventana abierta y atentas a cualquier ruido –humano, animal o fantasmagórico-, la casa flotando casi rozando el cielo constelado parecía que se iba a salir del paisaje de los placeres.

La luz del sol
ya hacía horas que ya no iluminaba las vigas de madera, mientas que la de la luna se reflejaba en la piel del agua como si fuera una pista de baile. Esa noche no dormimos ni un minuto. Pensar en el encuentro furtivo de tía Cinta con Fernando excitó tanto a Clara que me pidió que le mordiera los pezones mientras se masturbaba al oír los gemidos placenteros de tía Cinta.

Cuando el cielo empezaba a clarear
sentí como si estuviera mirando por un agujero abierto entre las nubes; y, al ver que se encendía la luz de la habitación de Fernando nos dirigimos hacia allí con una bandeja en la que brillaban tres vasos y una jarra cargada con café frío recién sacado de la nevera. No le dimos otra opción a Fernando que la de acompañarnos a la playa.

Asombrado Fernando,
nos lanzaba una mirada absorbente de esas que beben y nunca quedan satisfechas; bajaba de vez en cuando los párpados suaves de piel delicada, y con la suavidad con que los bajaba nos mostraba su bondad. En aquellas negras pestañas, largas y suaves, había una ductibilidad sedosa, per sobre aquellos delicados párpados había unas cejas salvajes, pobladas como las  de un bosquimano. La nariz era algo pequeña, vulnerable y pura; la frente espiritual la boca llena de labios y sensual, y las manos las de un lanzador olímpico de disco que reafirmaba una cierta voluntad.

Mientras saboreaba el café,
parpadeaba, lentamente, oscilaba entre tomar el aire de un rudo guardabosques y el porte dúctil, entre la afirmación plena de sí mismo y unos eclipses repentinos que le hacían palidecer y evadirse de todo ante gente que no era de su cuerda. Dudaba –lo que hasta cierto punto era normal en un chico de su edad- constantemente, incluso de forma simultánea, entre la sed fisiológica que la boca le reclamaba y la llama secreta de un sueño que le dejaba prácticamente sin fuerzas.

Clara y yo
no sabíamos si sonreír amablemente ante aquel bellísimo rostro o dejarnos encandilar por el amor que de él se desprendía como le había pasado a tía Cinta, cuando de repente abrió sus labios y dijo unas palabras que me parecieron atronadoras:

"Todo empezó –comenzó a hablar Fernando-
en la segunda noche después de mi llegada a la casa. Tío Francisco con una expresión vengativa desconocida por mí exclamó: "La muy puta creía que no era capaz de golpearla estando tú presente". Es decir, la golpeaba con cualquier cosa que tuviera a mano regularmente. Tía Cinta se levantó llorando, salió al jardín y estirada sobre la terraza lloraba desconsoladamente".

Me tumbé junto a ella y bebí sus lágrimas.
El resto si no lo conocéis, lo podéis imaginar.

                                                                 Johann R. Bach

1 comentario:

  1. Me encantó toda la historia de Tía Cinta. Y su final realmente no lo esperaba. Mejor dicho: SU PRINCIPIO. .
    Me hace entender el porqué de su manera de actuar. =)

    ResponderEliminar