2 jun. 2015

se podía oír la campana del tranvía que sonaba inútilmente pues a esa hora no había nadie en las calles.


TÍA CINTA Y FERNANDO (fragmento)

Cuando Clara y yo llegamos a la casa de tía Cinta
el misterio ya flotaba en el ambiente de todos los comercios y restaurantes de todo el pueblo: Un aire salino parecido a la brisa marina vibraba sobre las hojas jóvenes de los plátanos y sus sombras se hacían densas.

La primera noche
estábamos tan cansadas que caímos como fardos llenos de huesos sobre la amplia cama que tía Cinta nos había preparado. Sin cenar siquiera un un simple vaso de palo con sifón. Por la mañana, a pesar de estar aún medio dormidas salimos a mojarnos los pies en la playa. El agua estaba helada y el sol aún quedaba oculto tras la Serra de Tramuntana. La rumorosidad de las olas era nula y se podía oír la campana del tranvía que sonaba inútilmente pues a esa hora no había nadie en las calles.

Clara y yo
llevábamos los azules chandals del "Coq Sportif" que iban muy bien para el viento, pero no para el frío. Casi temblando volvimos a entrar en la casa. Todos dormían y el silencio invadía la cocina. Preparamos un café y buscando en la nevera encontramos algo de mantequilla, un pote abierto ya de mermelada de naranja amarga y, cómo no, una sobrasada cortada en rodajas. En la panera de plata, cubierto por una servilleta parecía esperarnos un auténtico pan  moreno de harina de Xaixa.

Mientras devorábamos el almuerzo
la casa toda ella dormía aunque ciertamente flotaba en el aire algo extraño, agradable. Ambas notábamos cómo hervía el gas carbónico mezclado con saliva humedeciendo todo el jardín. Pensábamos que el origen podría ser de un posible amor de mi primo Fernando. En el pueblo corrían toda clase de chismes y rumores de fantasmas que deambulaban por el jardín de la casa a partir de medianoche. Nosotras estábamos encantadas de convivir con fantasmas que se podrían pasear frente a la ventana de nuestra habitación.

Una noche de aquellas,
estábamos aún despiertas cuando empezamos a oír unos ruidos que procedían de la terraza. Nos asomamos a la ventana, pero no veíamos nada, aunque los ruidos seguían. Tirando un poco el oído llegamos a la conclusión de que eran los suspiros de tía Cinta. Eran suspiros de placer. No había duda, los susurros del amor invadían toda la casa.

Lo que nunca hubiéramos sospechado
es que el amor de Fernando no era otro que el de tía Cinta. Cuando él mismo nos lo dijo nos cogió de sorpresa. No sólo por la diferencia de edad. En pocos minutos Clara y yo intercambiábamos miradas concupiscentes.

Fernando había adelgazado
o más bien se había estirado unos quince centímetros lo que le daba un porte atlético que yo nunca vi en él. Sus ojos enormes estaban sombreados por unas larguísimas pestañas y sus abultados labios tenían el tono carmín como después de haber besado cientos de veces en una noche. Sus anchos hombros algo redondeados, no mostraban una musculatura de esas que se parecen a un nudo en una soga, pero parecían fuertes y adecuados para apoyarse en ellos. Creo que su carácter empático hizo el resto.

Aún así, había un enigma flotando en el ambiente:
¿Qué papel le había reservado el destino a mi tío, postrado en una silla de ruedas? Con la cara verdosa de manzanas ásperas y sus labios despegándose sólo para saludar y poca cosa más, estaba todo el día viendo la televisión. ¿Sabía lo de tía Cinta y Fernando? Si lo sabía cómo podía simular que no sabía nada.

Tres días más tarde
Fernando nos explicó cómo había comenzado todo.

                                                               Johann R. Bach

2 comentarios:

  1. Y Fernando se ha enamorado entre los brazos de Cinta,que ha ido dando forma de hombre más que apetecible,ambos derrotados exhalan aire salino con música de amor que impregnan el ambiente.Su marido,tal vez o no se percate ,o piense en su cruel destino que es una película de la tele.Ese comienzo poeta,se le espera"""

    ResponderEliminar
  2. Es un cuento, de alegria y misterio. Antiguamente, y parece ser el caso, en las familias burguesas habia una superficie inmaculada, conductas impecables, y amores de provecho , no espontaneo.Rascando, existian los grandes secretos, que no se podian revelar, pues se caerian todos los sombrajos. Perfecta, la conducta de el habitante de la silla de ruedas.

    ResponderEliminar