6 jul. 2013

SIETE PIÑONES DE UNA PIÑA BIENAL (foto cedida por Leticia)

   SIETE PIÑONES DE UNA PIÑA BIENAL

 

"Mira cariño cómo caen esas agujas

de las copas de los pinos, cómo vuelan y buscan hundirse en la arena, sólo las turba el viento, el viento".

 

"De las piñas bienales

caen los oscuros piñones expulsados de los rincones de su descanso, el calor resecará su cáscara y libres de toda atadura se introducirán en la tierra, echarán raíces y algún día se convertirán, a condición de que la humedad del mar los riegue cada día, en otros pinos de grueso tronco y enorme copa".

 

"Esos árboles han esperado junto al mar

La certeza confusa de las aves que, en pequeñas cantidades roban algunos minúsculo granos de arena y durante la noche restituyen la sangre;

 

has de conocer los indóciles pinos,

el friso de humo en el cielo, reclamando, el reclamo repentino: la rabia, la riada que deja un charco frio de lluvia y sabrás algún día sabes de Parménides y Zenón silenciados".

 

Esas palabras de mi vecina

yaciendo junto a mí, con su vista en la copa de los pinos y su mano tomando la mía, me hacían sentir una tranquilidad especial, y, aunque a mis escasos trece años, no podía entender del todo su significado sentía cómo mi corazón se ensanchaba.

 

La llegada de Tomás –su marido-

y los chicos Pep y Carles hizo que despertara de aquel sueño y volviera a la superficialidad de la conversación: Su mano se soltó de la mía con delicadeza y en su rostro apareció la forzada sonrisa ensayada durante veinte años.

 

Sus hijos no eran especialmente malos conmigo,

pero se burlaban de mi frilosidad. Decían no comprender porque no podía bañarme sin que mi piel se volviera como la de una gallina y mis labios adquirían un punto cianótico. Desconocían lo que era la anemia, la falta de apetito y las endiabladas pesadillas nocturnas, los vómitos a medianoche y la impotencia de sentirse débil.

 

A pesar de ello yo me sentía a gusto

en el camping, aunque en una pequeña tienda aparte, junto a ellos porque acostumbraban a estar de buen humor; como si de una obligación se tratara. Tomás presumía de tenerlo todo a punto como atendiendo a una necesidad de movimiento continuo:

 

Lavaba cada día el flamante Citroën 2 CV,

único competidor del Fiat 600 de la época, y guardaba en el cofre trasero la balsa inflable y los remos prestos para salir con la aurora a intentar pescar algo mientras se bañaba él y los chicos alejados de la playa de muy poca profundidad.

 

Aquel día Fermina, después de preparar el desayuno,

como de costumbre para todos, vino a mi tienda, me acarició con su mano la espalda para despertarme y me invitó a desayunar con ellos. Su desayuno era rápido y apresurado porque querían aprovechar las horas tempranas para los baños de sol.

 

Yo no podía masticar ni rápido

ni fuertemente pues lo hacía me sangraban las encías y a pesar de que me decían que no importaba el tiempo que emplease en comer aquellas tostadas con mantequilla, lo cierto es que me sentía acomplejado por no poder seguir su ritmo ni acompañarlos a la playa.

 

Fermina, después de lavar los platos,

volvíó a tumbarse junto a mí, reemprendió la lectura de una novela, y de repente volvió a tomarme de la mano, su otra mano bajó la novela depositándola en su vientre, su mirada se alzó otra vez hacia las copas de los pinos y como en una oración en voz baja le oí decir:

 

"Viendo las agujas, sólo viéndolas volar,

caer, clavarse en la arena me transformo,

me vuelvo agua como si quisiera regar

unos piñones que han de enraizar en mí".

 

"Ven, -me dijo- vamos dentro de tu tienda,

donde apenas si cabemos sentados".

 

Frente a mí,

sentada con las piernas cruzadas como adoptando una posición de yoga, me miraba y sin mediar palabra se subió la ligera falda de cretona y dejó al descubierto sus piernas y la sombra oscura de sus ingles desnudas.

 

Me puse a temblar como un flan.

Me tomó una mano, la puso entre sus piernas y comenzó a gemir. Un líquido viscoso como nunca había visto humedecía mi mano y sin darme cuenta mis dedos comenzaron a resbalar por unos lugares desconocidos y una sensación agradable recorrió mi delicada espalda y un hormigueo

que iba creciendo en intensidad invadió toda mi zona genital convirtiéndose en las primeras punzadas de amor de mi vida.

 

Durante los días siguientes

Fermina me dió, antes de desayunar siete piñones cada vez diciéndome: "no maldigas nunca esas agujas que se desprenden de los pinos que lloran igual que un viejo en la tormenta porque son la garantía de que los piñones que te han de curar la anemia encuentra siempre los lugares húmedos".

 

Al final del verano mi anemia desapareció

y el color rojo volvió a mis mejillas, mis dientes se fortalecieron al crecer mis encías y mi saliva comenzó a fluir libre cada vez que Fermina lo solicitaba.

                                                                                       Johann R. Bach

 

 

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