2 jul. 2013

De repente el gas carbónico empezó a brotar de sus ojos

10.    LOS HOMBRES DE MI VIDA  (Serafín)    

   

Me fui a vivir con Serafín

porque me fascinaban sus cuadros llenos de alegría y porque su vida –tan diferente de la mía- estaba llena de color y me halagaba hasta el delirio al admirar mi cuerpo desnudo.

 

En su taller compuesto por una gran nave

todo parecía componerse con vino y sexo: el rojo, el anaranjado y el gris sobresalían sobre otros colores y la luz, al entrar por los amplios ventanales, se paseaba sobre las coloridas alfombras persas o turcas.

 

Las veladas con multitud de amigos

se alargaban hasta el amanecer y aquello –tan distinto de mis aburridas costumbres familiares- me llenaba de optimismo.

 

Algo que yo ignoro, debió pasar

y su comportamiento cambió radicalmente. Yo le toleraba casi todo como parte de lo que yo creía que era propio de un artista: las borracheras, su promiscuidad y su matinal mal humor.  

 

De repente

el gas carbónico empezó a brotar de sus ojos junto a los secos lagrimales, le escocía como el vinagre sobre heridas que no cicatrizan.

 

Agotadas ya las lágrimas,

las sustituía inútilmente por otras artificiales. Sus párpados caían como su rictus, ya de por sí un poco afectado por el alcohol y la alegría desapareció de sus hombros.

 

Sin embargo sus fuertes manos

se aferraban a un gran zurrón negro donde acumulaba objetos y penas. Se escondía detrás de gafas oscuras como la sepia en su propia tinta.

 

Todo en Serafín se convirtió en negro presagio.

La luz era, a sus ojos, médula de sombra y le llamaba la atención ver morir una pequeña mariposa en las bujías del amanecer.

 

Tenía frío bajo un arco

que separaba la existencia y la luz, que separaba cuanto habían olvidado

sus amantes y su último luminoso cuadro.

 

En su recuerdo ya quedaban pocos clústers

de la luz que lamieron en la apariencia de una eternidad de amor, y casi todos sus depósitos de alegrías estaban ya vacíos.

 

Estaba solo entre dos negaciones

como huesos abandonados de un cementerio ignorado y entraba el día por la mañana, en el rincón donde dormía, calcinada como su pelo.

 

Hasta había sido inútil la sutura negra

de una corta noche de verano y aunque ardía –ya el único placer- bañado en música rítmica, en intensa luz de neón, explicando sus penas a prostitutas, llenaba la noche de palabras incomprensibles.

 

Ahora su pasión

es la indiferencia. Escucha en la madera los dientes invisibles de la carcoma mientras yo admito el consuelo de sus amigos.
 
                                                                                                             Johann R. Bach

 

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