12 jul. 2013

Tu ansiedad fue disminuyendo...

          LA  NOCHE  COMO  UN  COMA

 

No osaste abrir los ojos.

Oíste un sonido como cuando se cierra una puerta. No pudiste resistir la tentación: poco a poco fuiste abriendo los ojos y sin saber qué es lo que veías la camilla temblaba y por un momento sentiste como la sangre afluía a tu cabeza.

La barbilla te temblaba.

El miedo se estaba apoderando de ti. Pensaste que habría sido mejor tomarte el café que te sirvieron aquellos malvados.

 

Toda tu preocupación se volcó

en averiguar en qué podías pensar para evitar tener un ataque de pánico. Te concentraste en los pies. Intentaste saber si los sentías y si sentías tambiénlas correas. Aquello funcionó.

 

Tu ansiedad fue disminuyendo. Luego hiciste lo mismo pensando en las muñecas. Fuiste tranquilizándote por momentos.

 

Pensaste en escribir una novela

si salías de aquella trampa. Descartaste pintar un cuadro porque no eras buena dibujante y porque el arte no figurativo no te atraía.

 

Imaginaste un viaje

a una playa placentera. Pensaste en los libros que habías leído. Cuando se te acabaron las ideas de lo que podías hacer volvías  a comenzar las ya aceptadas por tu mente aunque el miedo a que aquello podía ser el final no desaparecía.

 

El "viaje" o lo que te estuvieran

haciendo se te hizo larguísimo, pero insistías en vencer el miedo y los temblores desaparecieron. De vez en cuando unas lucecitas llegaban a tu retina, lo que te daba idea de que te estaban trasladando a un mundo de imposible retorno.

 

La camilla o lo que fuera aquello

que te sujetaba los tobillos y las muñecas vibraba suavemente debajo de tu espalda como si alguien estuviera empeñado en hacerte agradable el paso por aquel oscuro túnel. Tú querías mantenerte despierta porque ansiabas el regreso.

 

Para evitar el sueño

recordaste que de niña tus padres para hacerte dormir te paseaban en coche. Eso es lo que acababa de convencerte que la hipótesis más verosímil era la del traslado al mundo de las tinieblas.

 

Esa sospecha te mantenía lúcida,

recordaste mover tus músculos abdominales voluntarios y apretaste las mandíbulas para cerciorarte que aún en el peor de los pronósticos era posible el retorno.

 

Como si Alguien hubiera leído tu mente

sentiste cómo te cogían la mano y el calor humano empezó, serpenteando por el brazo, a invadir tus sienes y volviste a oír una música como una nocturna de Chopin que se alejaba.

 

Oíste unos chillidos

de sorpresa y miedo como los que se producen bajo los efectos de un terremoto y abriste los ojos. Orfeo, atravesando un oscuro bosque, había logrado rescatarte del Inframundo.
                                                                                                     Johann R. Bach

 

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