13 jul. 2013

Acurrucado, como guardando mi propio calor

    EL AÑORADO INFIERNO

 

Me tumbé, derrotado,

como tantas otras noches, en el sofá. No osé poner siquiera mi música preferida de jazz de la emisora de Limoges.

 

Era invierno, no me quité los calcetines

ni mi "vrais pull marin" azul aunque liberé un par de botones de los típicos situados sobre el hombro, me eché por encima el abrigo que me acababa de quitar y me dispuse a dormir. 

 

Acurrucado, como guardando mi propio calor,

mis ojos se negaban a dejar de mirar la pequeña colección de  botellas que sobre mis libros reposaban esperando ser lanzadas algún día al mar con un mensaje en su interior al estilo de los viejos náufragos.

 

Sobre la mesa del escritorio

se alzaba el atril con un libro cerrado del que se leía sin dificultad: "El Paraíso Perdido". Me imaginé estar en una playa, desvalido, frente al mar.

 

Oía, como flotando sobre las olas,

los gemidos de una pléyade de fantasmas. No era sino el infierno. Las ondulaciones sobre aquella inmensa masa líquida ya no eran sino los surcos de un campo aún sin segar, quietos.

 

Bajo sus toallas negras,

se les veía bien ordenados como almas en pena que ya no tienen prisa, rabiaban de dolor entre las llamas que surgían de aquel magma mercurial como cociéndose en aceite hirviente.

 

Aquella hoscas figuras

se pinchaban unos a otros emitiendo chillidos estridentes y aterradores como los de las lechuzas en la noche.

 

El resultado era una música ebria y viciada

que se proclamaba a los cuatro vientos por todo lo largo y ancho de aquella playa desprovista de aves y árboles.

 

Sin embargo, en aquel horrible desierto,

una figura alta, enfundada en un albornoz blanco, llamaba la atención de forma que el resto del paisaje se difuminaba como el fondo de un cuadro. Yo sabía que era uno de aquellos fantasmas, pero tenía gracia al moverse.

 

De repente me di cuenta de todo.

¡Los pobres fantasmas habían perdido el buen infierno! con sus malas artes, su envidia, su desmesurada ambición y su odio a todo ser viviente lo habían destruido todo.

 

Aquella femenina figura se sentó

a mi lado. Me explicó su historia:

 

Cuando el color de la miel invadía cielos y tierra,

el diablo venció a las diosas de las estrellas y les arrebató el poder. El país del cielo cayó en manos del diablo y también la gente y otros seres vivos y el infierno;

 

y, cuando bajaba al Inframundo,

se sentaba en el centro y su cuerpo resplandecía mientras contemplaba a todos los fantasmas. Pero ya nada es lo mismo:

 

las picas de tortura han desaparecido

y crece a lo lejos el hyosciamus la hierba del diablo menuda y delicada, miserable y merecedora de compasión. La tierra ha perdido su antigua fertilidad fertilidad, así que el buen infierno se ha convertido en un vagar de almas en pena.

 

Cada vez que lo pienso

se me come la ansiedad pues ya ni lágrimas nos quedan para llorar. Antiguamente llorábamos nuestras penas en un infierno lleno de sentimientos y arrepentimiento. Todo eso se ha perdido.

 

¡Qué placer despertarse en medio de la pobreza¡

Despertar con el estómago casi vacío, preparando un sencillo café, aspirar su aroma, abrir la ventana y oír la música del trino de los pájaros.

 

Los pequeños montones de libros,

casi revueltos, sin ordenar porque aún buscas entre sus páginas aquel Infierno Perdido y Añorado, te esperan como el mejor desayuno de los restos del Gran Naufragio.

 

                                                                             Johann R. Bach

 

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