4 may. 2013

¡Oh noche! ... eres la reina de ese gran pais que se llama silencio

NO MÁS LÁGRIMAS EN EL MAR

 

¡Oh noche!

 

Donde podríamos llorar

los simples mortales si el mar embravecido lanza contra las rocas nuestras lágrimas y amenaza las playas con mareas cargadas de llanto.

 

Ante quién podríamos lamentarnos

sino ante tus sombras que siempre nos han acogido con dulzura y nos han escuchado, pues no en vano eres la reina de ese gran país que se llama silencio.

 

¡Oh noche!

 

¿Cómo consolarnos?

si lo hemos dado todo. ¿Cómo hallar un suspiro sosegado? si nos hemos entregado a fondo amando a los nuestros y no podemos ni siquiera decir al final: Nos equivocamos.

 

¿Qué hacer con tantas y tantas horas

-de duros trabajos-? empleadas en crear hogares donde el amor pudiera confundirse con el aroma de los membrillos y en las que nadie ha participado y finalmente los nuestros no han encontrado nada: ni formas, ni nada que las sustituya.

 

¡Oh noche!

 

Qué duro es reconocer

nuestra fragilidad; que no somos ni siquiera generosos y nos pasamos media vida disputándonos las cosas, que no siempre transportamos en nuestro corazón un gramo de sal, pero sí deseos de venganza y resentimiento.

 

¡Dime! ¿Estamos aún a tiempo

del doloroso arrepentimiento? Ya sabes que en nuestra juventud, llena de arrogancia, hemos llegado a pensar que hasta podríamos exigir morir en verano, que es cuando se muere fácil y alegremente.

 

¡Oh noche!

 

Rechazábamos

la posibilidad de agonizar entre nieves y hielos, ay, hartos de los cercanos y lejanos bronces, prefiriendo ver cómo envejecían las venas de nuestras manos.

 

Ahora que otros signos se aproximan

devuélveme si ello es posible la lenta respiración, mientras observo a lo lejos las luces de la ciudad como si fueran lamparillas amarillas de aceite o candelabros de resplandor violeta.

 

¡Oh noche!

 

Quisiera sellar contigo,

como una amistad secreta, con todos y con todo, -puesto que ya nada nos roza, ni puede, físicamente, ofendernos- una exquisita espiritualidad que no moleste siquiera a mares y ríos. 

                                                                                           Johann R. Bach

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