29 abr. 2013

LESBIA O EL ORIGEN DE TODO

                   LESBIA

 

Lesbia. Busto, lugar de origen,

glúteos, rulos de cabells.

 

Arcilla moldeada con los dedos

y cocida por el cielo -el fruto que se ha tornado eterno como el torso anónimo de una diosa sin brazos.

 

Tú eres fuente de inmortalidad:

el que te vio desnuda se convirtió en Cátulo estatua para un jardín.

 

¡Oh Diosa temporal!

 

¡Es más placentero creer en ti

que en una diosa eterna: gloria al vientre redondeado, al abdomen de piel fina!

 

Blanco sobre blanco,

como el sueño del pintor ruso Kazimir, yo, la más mortal de las paseantes, entre las ruinas que sobresalen como las costillas del mundo, bebo vino con los labios impacientes del hueco de una clavícula;

 

cielo de mejilla pálida con un peca dorada.

 

Y las copas de los árboles miran hacia arriba

como cúpulas de antiguos monumentos, como la ubres –ya convertidas en pezones humanos- de la loba que, habiendo alimentado a Remo y Rómulo, se tiende en la arena y se adormece.

 

Acércate, que te he de decir algo al oído:

Estoy agradecida por todo: por el cartílago del cordero, por el corte del cincel, que ya me hizo a medida el vacío. Tu vacío

 

No me importa si es negro

como el de Gargallo. No importa si no tiene ni manos, ni el oval gracioso de la cara.

 

Cuanto más invisible es algo,

más cierto es que existió en algún momento sobre la tierra, y aún es más cierto que se halle expandido por todas partes.

 

¿Acaso vas a ser tú la primera persona

a la que le pasó eso? No se pueden sujetar dos planchas de aluminio con un vulgar tornillo: se produciría un par galvánico que las convertiría en polvo blanco. Se deben soldar al argón para evitar residuos.

 

He estado en Empuries,

me ha inundado la luz de una tormenta de sol y nieve, la de un mar homérico.

 

¡Tal como sólo una ruina puede soñarla!

 

Sobre mi pupila

ya veo la mácula del tamaño de una antigua moneda de oro. Aún gozaré de tiempo suficiente para ver cómo se deshacen las tinieblas y cómo tú, Lesbia, sigues siendo nuestro sueño.

 

                                                                                        Marta Guillamón

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