29 abr. 2013

LA MEJOR HERENCIA FUE LA TUYA

      NACER EN CADAQUÉS

Cuando naciste no partías de cero.

 

Cuando naciste tus hermanos

ya hablaban, andaban y jugaban en la arena, justo enfrente de casa, remojándose los pies en agua de mar.

 

Tu hermano ya hablaba dos lenguas,

tu hermana sólo una. Aún no iba a la escuela; acompañaba a tu madre en los quehaceres y cuidaba de ti peinándote el cabello de tantas formas como caras tiene un poliedro.

 

Tu punto de partida no era cero;

el humilde refugio de pescadores era la casa donde se estrellaba la tramontana y el mar acababa siempre acariciando hasta el dintel de la puerta como si buscase lavarte los pies.

 

El mar, ese inmenso depósito

hilvanado con fuertes rocas y con suaves arenas, lleno de luz, agua y sal de vida, sabía que tenías alma de princesa;

 

te respetaba, calmando a Neptuno

cuando cogida de la mano de tus hermanos aprendías a caminar entre sargos, percas y rojo-amarillentos serranos con las primeras palabras de la sirenas.

 

Junto a conchas sonrosadas,

granadas y membrillos, con los primeros y alegres estremecimientos, tíos y primos vaciaban el aceite en enormes tinajas y en un suelo cubierto con el mantel de viñas, tapaban con tomillo y romero los humos de cordero asado.

 

Esa luz y ese olor

del universo mediterráneo, que sueñas como bueno es la mayor de las herencias deseables.

 

Cuando naciste no partías de cero.

 

                                                                                              Johann R. Bach

 

 

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