9 may. 2013

el frío, viejo cómplice te atirantaba el rostro

             Tras el cristal

Tras el cristal,

un mundo aún te parecía posible.

Y no es que el sol alentase

con su halago el alma de los hombres y las cosas; por el contrario, el frío, viejo cómplice te atirantaba –aunque no lo supieras- el rostro, y tu mano se quedaba suspendida

 

tras el gesto de alzar

el ancho cuello del jersey, tus ojos en chispa comunicaban el deseo de crecer, de ser mayor para poder vivir aquel mundo de olas, viento y lluvia, frío, escuela y otros niños saltando a la comba.


Eres demasiado pequeña para salir a la calle,


te repetían una y otra vez tus padres. El mundo lo tenías que ver a través de la ventana sobre todo en invierno. Desde allí sufrías cuando otros niños le pegaban a tu hermano;

 

entonces llorabas desconsoladamente;
la impotencia y la rabia te impedían explicar por qué.

Algo parecido sentiste parada al volante,
como si en el espacio de un semáforo esa mirada al frente sostuviese en un hilo vibrante el albedrío.

Mientras eso ocurría,

te imaginabas a los coches como panales de miel que se deslizan hasta la falda de la montaña cuyas hojas cubren más de la mitad entre las rocas sobre las que se rompían los rayos de sol al igual que en la carretera
de curvas de acceso a Cadaqués.


Desde el otro lado del cristal


viste la multitud que se abalanzaba

sobre el mercado para coger frutos todavía inmaduros y como unos niños se detenían sorprendidos ante el color como nidos que están llenos de chillidos.


Pero lo más impactante era un hombre cantando.


Su barba era como una nube

en la que brillaban todavía algunas gotas de agua. Iba descalzo y la solapa levantada de la chaqueta indicaba el frío humano. Extendía una gorra y con los ojos húmedos agradecía



aquellas miradas que le animaban a seguir cantando.

 

                                                                                                       Johann R. Bach

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