8 dic. 2014

Mónica debía rondar los sesenta años, pero tenía una bonita figura y unos ojos preciosos.


SU BRAZO EN MI CINTURA

Yo tenía treinta años
y me costaba bastante madrugar, coger el 2 CV helado y mientras hacía el trayecto desde la Place Nation, Boulevar Diderot abajo, seguir curso arriba la vieja carretera junto al Sena para alcanzar el bucólico lugar de Choisy le Roi.

Me sentía decepcionado dentro del panorama de la fábrica y por mi propia soledad. Los compañeros no paraban de tontear con las chicas del taller.

Ellas se alegraban
de aquel continuo cortejo, pero secretamente mantenían relaciones amorosas con los jefes y encargados y menospreciaban a sus compañeros en la fábrica y a sus maridos en sus hogares.

Renuncié a hacer el ridículo
limitándome al cortés saludo al comienzo de la jornada y a los castos brindis de los cumpleaños de cada una de ellas.

Cierto día fui llamado
al departamento de personal donde Mónica la secretaria del Jefe de Relaciones Laborables me hizo rellenar un papel lleno de preguntas.

Mientras me ayudaba
a rellenar el cuestionario me miraba con dulzura y noté, bajo su proximidad, cómo su perfume me embriagaba, cómo de sus labios emanaba la pasión.

Sin saber qué me impulsó a ello
le pregunté si la podía invitar a tomar algo después de la jornada. Sorprendida me preguntó

¿A tomar qué?

Una cerveza, no sé
–contesté asombrado de mi propio atrevimiento.

-Yo no bebo.

Aquello era casi una negativa.
Algo me impulsaba a seguir intentándolo, pero no lo hice. La prudencia hizo que me limitara a mirarla a los ojos y a pedírle perdón por aquella invitación tan directa.

Mónica debía rondar los sesenta años,
pero tenía una bonita figura y unos ojos preciosos. Su trato era correcto con cierto punto de amabilidad y se desprendía de sus palabras bastante seguridad en sí misma.

Lamenté su negativa
y en mi interior sentía ese confuso sentimiento de humildad-cupabilidad y arrepentimiento por haber sido demasiado directo. Ni siquiera se me había ocurrido pensar en que pudiera estar aparejada.

Durante una semana
me concentré en las tareas del taller intentando olvidar aquella propuesta fallida diciendo a mí mismo que no fue algo importante.

Me crucé un par de veces con Mónica
en la puerta de entrada a la fábrica y los saludos fueron los normales, pero mi corazón se aceleraba con sólo verla.

No podía quitármela de la cabeza
y mi sorpresa fue mayúscula cuando el viernes al salir del taller vi que me estaba esperando.

¿Vamos a tomar algo?
Fueron sus únicas palabras. Aquel fue el más maravilloso fin de semana. Al ir al trabajo aquel lunes entramos en la fábrica

con mi mano en su hombro
y su brazo en mi cintura.

                                             Johann R. Bach 

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