20 ago. 2014

Los habitantes de estas cumbres, devotos de La Osa Mayor, ya hemos arrastrado noventa y dos años de promedio de nuestras vidas”.

MARIBEL Y LA EXTRAÑA CIENCIA
(Keratom? Nein! Danke)

Ayer estuve en un pequeño pueblo de montaña.

Estaba admirado
que no hubiera máquinas de segar. Ni tractores ni motosierras rompían el aire. Ni siquiera aparatos minúsculos de cocina perturbaban a aquellos habitantes curtidos por el sol.

Sabía, sí,
que se comunicaban con otras personas del pueblo contiguo. Y con las campanas que estaban bajo el agua del pantano que había inundado un tercer pueblo.

Silvestre, padre de mi amiga Maribel, me explicó:
"A medida que crecía nuestra agricultura y ganadería los aparatos se redujeron y las pilas con altos contenidos de metales pesados fueron desechadas".

"Dejamos de ser clientes interesantes
para las fábricas situadas a miles de kilómetros".

"La cosa llegó hasta tal punto
que llegamos a absorber todas las funciones de las máquinas. Cuando conseguimos ser dueños de nuestras actividades comerciales".

"Los domesticados ministros,
hechos a base de bultos de grasa con ojos, aceptaron la eliminación de nuestros pueblos y ahogaron nuestras casas y nuestra lengua bajo el pantano".

"Pero de la misma manera
que una flor refleja otra que está al otro lado del pantano, con nuestro lenguaje de signos

escribimos en la pizarra del cielo,
a la velocidad de nuestros sueños, echados entre la vida y la muerte en la más pura exaltación de la agonía,

todo lo que ha de venir
y esperamos, como cada tarde,  sentados a la puerta de nuestras casas a que el sol nos haga una señal".

Los habitantes de estas cumbres,
devotos de La Osa Mayor, ya hemos arrastrado noventa y dos años de promedio de nuestras vidas".

¡Magnífico promedio! Exclamé.

Silvestre -el cartero del lugar-
me miró asombrándose de mi halago y con tranquilidad pasmosa me respondió:

"Falta ya menos
para el gran lecho de la mierda y el gusano. En estos pueblos hace tiempo ya que hemos colgado en los árboles nuestras sombras".

Silvestre se levantó –no sin dificultades-,
acercó su rostro al mío despacio, se puso frente a mí. Lo miré a los ojos.

Su cara como una lamina de hueso
llena de extraños dibujitos era seca como un horror.

¿No había nadie en aquel mundo
capaz de oponerse a la construcción de una central nuclear junto al pantano?

Caminé como pude
hasta alcanzar la carretera que serpenteando solitaria aquellas montañas parecía no oír mis gritos:

¡Maribel!¡Maribel!
¡Hasta aquí arriba ha llegado tu ciencia! ¡Eres grande Maribel!

                                                                     Johann R. Bach

COMENTARIO DE LEO P. HERMES

Hoy estoy más prisionero del oscuro espacio
que el día en el que el hombre creó a Dios y éste se puso a engendrar sus criaturas.

Hoy que ignoro
cómo las galaxias fabrican el universo y cómo amplían continuamente las salas que las contienen,

hoy que sé algo
acerca de la célula y el sodio que la alimenta y algo acerca del átomo como lo concibieron Sócrates y Heráclito;

hoy que algo sé –gracias a Kant-
sobre el nacimiento de nuestro sistema solar siguiendo las mismas observaciones de Eratóstenes;

Hoy me muevo
más que nunca dentro la oscuridad cuando descubro que los misterios esenciales no dejarán de serlo diga lo que diga Maribel o

esos desalmados científicos
que lo único que quieren es construir bombas atómicas baratas.

Los misterios esenciales
no dejarán de serlo porque son parte indisoluble de “eso” donde el silencio hace nacer sus propias criaturas.


                                                                                    Leo P. Hermes

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