17 ago. 2014

Hemos cambiado nuestro destino de ángeles por un mal oficio de mercaderes.

PARA LOS INCONFORMISTAS

Hemos cambiado
nuestro destino de ángeles por un mal oficio de mercaderes.

Me hubiera gustado escribir
al pie de la estatua de sal de Loth: "Los muros son infinitos. Detrás de este cielo aparentemente comienza el Inframundo y una dolorosa felicidad.

Bésame.
No en la boca, sino como lo haría Hamlet: en la calavera.

La cama era blanda.
Su corazón duro. ¿Qué final se podía esperar?

Cariñoso. Dulce. Amoroso.
Serafines que probablemente existieron y de los cuales parece que se han borrado sus huellas, aunque no todas. Existen Dulcenombres y Amadores.

Cuando mi marido murió,
a los cincuenta años, nació su olvido.

Subí varios pisos
en el castillo de mis ambiciones. Entonces cansado busqué un rincón junto a la cocina del último piso para dormir. Los ángeles me contestaron: "estás aún en los sótanos".

De noche soñaba
que me caía en un abismo sin fondo. Tuve que aprender a no soñar dormido.

En el último árbol
del bosque se halla el fruto prohibido: el más deseado.

Una porción de mi voz,
el blanco volumen del aliento es aún un desconocido para mí.

Del vientre al alma,
como después de vomitar leche, una sola agonía.

Hace tiempo,
desde las estrellas, cayó la noche y con ella descendió Lucifer. Con un dedo me tapa la lengua y sólo me deja protestar por escrito.

… Mañana más…

                                                           Johann R. Bach

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