26 may. 2014

Teníais que haberlo visto: sus ojos brillaban como los de un catedrático

EL MENDIGO QUE JUGABA AL AJEDREZ

 

Debía habitar

en alguna buhardilla de la Place du Nord pues lo veía a menudo cruzar la Place de la Catedral en dirección al Foyer de Sant Laurent donde podía tomar el café con leche más barato de Lausana.

 

Siempre con el mismo traje oscuro

-un auténtico Dressermann- y aunque deslucido ya por los años entonaba bien con su barba negra sin canas, crecida, descuidada.

 

Destacaba en su rostro

una recta nariz blanca que compensaba el retraimiento de unos brillantes ojos oscuros como la noche en unas cuencas enormes como si se quisieran refugiar bajo un balcón cejijunto moteado con minúsculos copos de caspa.

 

Llevaba siempre en su zurrón

un par de libros prestados de la biblioteca social, que le permitían distraerse mientras esperaba a que alguno de aquellos viejos retirados quisiera jugar con él una partida de ajedrez.

 

Cada día le traían algún trozo de pan,

algunas porciones de queso envueltos en papel de diario y algún que otro trozo de salchichón robado en la cocina del albergue de ancianos donde vivían.

 

Húngaro de nacionalidad,

había obtenido,  milagrosamente, de las autoridades suizas un permiso de residencia que desde hacía años los servicios sociales del Cantón de Vaud se encargaban de que le fuera renovado puntualmente cada año.

 

Por las tardes, en el Foyer

me sentaba en una mesa contigua para oír sus charlas. Aquellas, con las que entretenía a sus ancianos amigos, fueron mis mejores prácticas de francés.

 

Aquel refugio

anclado en el minúsculo rincón de la Place de Sant Laurent fue un lugar en el que nunca hubiera imaginado hacer el mejor curso de literatura francesa de mi vida.

 

Teníais que haberlo visto:

sus ojos brillaban como los de un catedrático hablando en el Paraninfo de la Universidad de Barcelona.

 

Nunca le oí quejarse de su soledad.

 

                                                              Johann R. Bach

 

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