26 may. 2014

Para mí no eran sino mazmorras con grandes ventanales embellecidos con vitrales de vivos colores resplandecientes de llamativo misterio;

RODEADA POR UNA MULTITUD

 

Cometí el error de visitar

Nôtre Dame de París en un domingo a las doce del mediodía. Fue a comienzos de la primavera cuando aún es posible que unos cuantos copos de nieve caigan sobre el Sena.

 

De pronto

me sentí rodeada por una multitud. Sin saber por qué, llorar casi hubiera podido al ver aquellas miradas de rostros apresurándose, como en un supermercado…

 

y cada uno de aquellos arbotantes

que aguantaban la estructura de la catedral, enraizados en el pasado sobre oscuros y desconocidos cimientos, sujetos con cabellos cuyo secreto nadie conocía, se reiría de nosotros de saber cuán fuerte es nuestra indiferencia.

 

 Para mí no eran sino mazmorras

con grandes ventanales embellecidos con vitrales de vivos colores resplandecientes de llamativo misterio; y, con la caída del sol ¡buenas noches!

 

Al apagarse su lámpara,

aquellos desconocidos personajes habrían pasado, se habrían ido para siempre… por siempre.

 

Yo misma podría haber sido

una de aquellas heroínas o una santa tanto tiempo añorada y alguno de aquellos ciegos servidores de un rostro más bello que los ojos de Lucifer un desvanecido de amor ante mi presencia.

 

Luego, con las notas de Tocata y Fuga

en Re menor de Johann Sebastian Bach, me vino una brusca y espantosa visión de un mundo entero desplegado ante mí –una vasta esfera de alborotados átomos moviéndose hacia una ley:

 

"Ser individual.

Aproximarse, acercarse, sí, incluso rozarse: más nunca unirse, nunca ser nadie más que yo misma eternamente"

 

Y hay tangentes,

tangentes de pensamiento que se lanzan por los espacios que hay entre las estampadas estrellas hacia un innombrable sueño fantástico que

 

al igual que la luna

que brilla por los barrotes de la prisión,

visita la mente con la locura.

 

Así veo yo cómo vuelan,

esas tangentes que vertiginosamente se elevan, hasta que la primera llamarada desfallece, apagándose, vacilante a medio camino hacia el cielo, y se desintegra

 

-pobre fuente remota

que rivaliza con toda la fuerza de la densa tierra dentro de cuya matriz un núcleo de níquel líquido, enigmáticamente naciera.

 

¡Ay!, ¡cuán alejada andaba yo

del frío sudor de los peregrinos, a empujones entre tantos bultos de carne humana!

 

Tan cansada estaba

al salir de la catedral que no pude evitar la invitación de las puertas de la cafetería aunque dentro de ellas empotrada,

 

aún pervive la noche

de tantos y tantos inocentes en tenebrosa serenidad, calmando la chamuscada panorámica.

 

Empezó a nevar.

¡Ah!, despertar, ¡a vivir de nuevo!

 

Huí de mí misma

y de aquel angustioso lugar. Puede que Nôtre Dame de París no se muestre acogedora a todas horas.

 

                                                                           Johann R. Bach

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