15 abr. 2013

EL DIABLO ENTRE LAS LÁGRIMAS

      EL DIABLO ENTRE LAS LÁGRIMAS

EL DIABLO ENTRE LAS LÁGRIMAS

 

Gracias Cornelio Gemma, gracias

por esa perla de niña, Katherine, hija de un cubero. La mitad de su cara eran ojos, azules como el mar; la otra mitad labios, rojos como los arilos de una granada.

 

Corría el año -nos cuentas- 1571.

Aquel invierno era especialmente duro y aquella niña de finas y delicadas piernas sufría terribles convulsiones y

 

dolores de cabeza tan extraños,

que a veces ni tres hombres la podían sostener. Un día expulsó por un lagrimal como un diminuto insecto negro.

 

Eso fue la prueba

de que el diablo se había afincado en el interior de su nariz. La llevaron a la Curia; y, reenviada al Camarlengo que la tocó sin lograr que lo expulsase.

 

Vomitaba dos veces al día

todos los alimentos que ingería. El vómito era una mezcla de colores; un líquido en el que predominaba el anaranjado.

 

Las crisis duraban 14 días,

después de las cuales, evacuaba grandes bolas de pelo, algo apergaminado como trozos de lana, hilos de colores y escíbalos negros.

 

Todo ello envuelto

en una pestilente mucosa amarillenta parecida a la cera de sus oídos.

 

El sufrimiento se reflejaba

en su rostro como envejecido, pero llamaba la atención las dos candelas que colgaban gomosas de sus coanas,

 

eran como dos rayas

del color amarillo de araña vegetariana. La desdichada lloraba continuamente y no comprendía por qué no podían curarla.

 

En ocasiones el dolor se concentraba

en un punto extremadamente preciso: el entrecejo. Entonces sentía alivio cerrando los ojos y lamiendo sus propias lágrimas.

 

Esas modalidades indujeron

a Martí, amigo de Cornelio, físico y astrónomo como él, de origen valenciano y pupilo de Paracelso a decir que no se podía curar de ningún modo por medio de simples medicinas.

 

Necesitaba expulsar el diablo

que se le había agarrado detrás de los ojos. Para ello era preciso envenenarlo con sus propios excrementos.

 

Diligentemente tomó

una amarillenta lágrima seca, la diluyó en media copa de aguardiente y luego a su vez en agua bendita que se le daba a la niña gota a gota.

 

Los múltiples estornudos

arrojando mucosidad espesa indicaban que el diablo estaba perdiendo su sustento y, en efecto, no tardó en mejorar y ganar peso.

 

Gracias Cornelio Gemma, gracias

por ese antecedente de Katherine, la hija del cubero.

 

                                                                                         Johann R. Bach

 

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