17 abr. 2013

CRÓNICA DESDE ALCUDIA. Cap 12 de "LAS TARDES DE UN ALFÉREZ"

Capítulo. 12    CRÓNICA DESDE ALCUDIA

 

                                                                                    Ruinas de Alcudia.

CRÓNICA DESDE ALCUDIA

 

Yo, Johann R. Bach,

un modesto alférez médico que nunca entró en combate, aunque traté a miles de soldados salvando a muchos de ellos de la ruina física y moral vacunándolos contra el odio y el resentimiento con gotas de su propia orina;

 

calificado estudioso

y observante de los cielos, de reputación pensante, apasionado seguidor de la medicina y la astronomía de Asclepio;

 

demasiado viejo para luchar

como los otros –en partidos, sindicatos, juntas de vecinos, asociaciones contra los desahucios o contra la corrupción de funcionarios,

 

fui designado como un favor

para el papel menor de cronista de los acontecimientos del asedio –de miles de turistas- a esta antigua ciudad de Alcúdia.

 

Fui exhortado a ser preciso,

objetivo, como mi antecesor Plinio el Viejo, mas nadie entre los alcaldes, presidentes de cofradías de pescadores o historiadores, parece ponerse de acuerdo en fijar la fecha en la que empezaron las invasiones –germánicas, por el norte, íberas, por el sur y el oeste.

 

Por suerte el Frente del Este

hace cientos de años que está estabilizado: el mar se ha encargado desde siempre -con sus olas, con la humedad de sus brisas-, de la limpieza de las costas y ruinas del país.

 

Así que cuando llegué a Alcúdia

en pleno incendio de sus bosques observé que todos padecían de la pérdida de la noción del tiempo y en consecuencia la mayoría de los pobladores de la zona eran desmemoriados que

 

asombrados ante la avalancha de turistas

se preguntaban, como ellos, el origen de las pocas piedras que aún quedan en pie.

 

No sé cómo describir

el apego que los ciudadanos de este país tienen por su lengua, sus rocas, playas, cuevas, olivos y almendros, montañas y ríos.

 

No me explico

cómo entre las ruinas griegas, cartaginesas o romanas florecen tantas y tantas personas que ven en las estrellas un regalo de los cielos; en las olas del mar, una caricia al país que atempera el clima; y, en la nieve y lluvia sobre Randa, una bendición de los dioses para los pequeños bosques.

 

Estoy realmente asombrado

al ver que no se rinden ante los almacenes vacíos de comprensión y sólo la ambición es ahora la moneda corriente; cómo resisten –con apenas unos bocados de pan con sobrasada y palo- el cerco de millones de hijos de vengativos guerreros;

 

cómo aman y conservan

a su Santuario de la Mare de Déu de Cura en Randa, cómo, a pesar de los incendios y bombardeos del enemigo, conserva su imponente patrimonio herencia de Ramon Llull; cómo sobrevive su lengua al genocidio practicado por las hordas carpeto-betónicas.

 

Sé que todo esto que escribo

es monótono y que a nadie puede conmover y es por ello que trato de evitar –aunque no lo consiga- los comentarios y procuro mantener a raya las emociones;

 

por ello cada mañana,

antes de comenzar a escribir hechos que aparentemente sólo son valorados por los turistas, me prometo a mí mismo informar objetivamente, pero

 

con cierto orgullo lanzo mis mensajes

al mundo reconociendo que, gracias a la tenacidad, aquí se cría una nueva variedad de niños a los que no les gusta la guerra y que despiertos o dormidos sueñan con sopas de letras contaminadas con números y trozos de pan embebidos de palo1;

 

sueñan con parecerse a sus padres

recogiendo el testigo de su cultura y de sus diversas lenguas aprendidas en la Universidad Gratuita de la Miseria, de la miseria de haber tenido que emigrar o lanzarse a la mar buscando el alimento que sus vecinos les deniegan.

 

He podido averiguar,

consultando varias fuentes, que finalizada la Segunda Guerra Púnica e incorporadas las Islas Baleares a las nuevas provincias romanas de la Citerior i Ulterior, se produjo en el año 197 a.C. una importante revuelta de los periecos de Empuries contra la política fiscal de Roma que se extendió a las Islas.

 

En el año 195 a.C.,

un ejército romano, bajo el mando de Marco Porcio Caton, vuelve a desembarcar en el puerto de Emporion para reprimir la rebelión. Eliminaron la moneda propia –la primera de la península ibérica-, usada también en las Islas, que

 

acuñada en plata pura

–no he podido averiguar de dónde obtenían la plata- demuestra que ya a finales del siglo VI a.C. Mallorca era una potencia comercial y cultural.

 

No es cierto

que la cultura griega no haya dejado pistas materiales, como el teatro, la música, la poesía, la filosofía o la danza. Yo las reconozco impregnadas en el ADN de su carácter y en el culto de la zona a los membrillos y granados propios del mundo púnico ebusitano.

 

Me gusta deambular al atardecer,

por la playa y mirar el horizonte como confín de nuestra libertad incierta; miro desde lo alto el hormigueo de los turistas que vio "Maria Antonia de Montcada" de Llorenç Villalonga y en verdad que es inconcebible que el país todavía se defienda.

 

El asedio se prolonga

con diferentes enemigos a los que nada une excepto el anhelo de apropiarse de las playas y calas, de las vistas, de las piedras y las perlas de Manacor: el oro moderno.

 

En las colinas de los alrededores de Alcúdia

huele a romero y plata líquida y así al atardecer liberado de los hechos puedo pensar en los lugares de dónde se podrían extraer los minerales preciosos;

 

en asuntos antiguos lejanos

en los que se combinaban el crecimiento de los cementerios con la disminución de los defensores; en cómo es posible que la resistencia perdure hasta el final.

 

Estoy convencido –al acabar esta crónica-

de que si el país al final cae y uno sólo de sus defensores sobrevive, él portará consigo la cultura y el carácter de las Islas por los caminos del exilio. Él será lo balear. 

 

En ese caso se habrá demostrado

una vez más que cada hombre, cada civilización, tiene su propia forma de traicionar y que sólo nuestros sueños nunca fueron humillados.

 

                                                                                Desde Alcúdia

                                                                                Johann R. Bach
                                                                 johannboss@gmail.com

 

 

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