16 abr. 2013

MORIR RESPIRANDO PERFUMES

Morir respirando perfumes. ¡Qué sueño!

 

Su carta llegó

al día siguiente de mi suicidio… porque cuando la noche anterior le envié mis poemas, estaba decidida a morir.

 

Había oído hablar de la asfixia por las flores

en personas como yo: delgadas de piel blanca, frioleras que resucitan en verano, asustadizas como los caballos,… necesitadas de cariño.

 

Compré, pues, unos cuantos ramos de nardos

y, con las puertas y ventanas cerradas me envolví la cabeza con un chal espeso lleno de flores.

 

Había anudado sólidamente el chal

alrededor de mis hombros y tomé un somnífero para adormecerme más profundamente y pasar más dulcemente del sueño a la muerte.

 

Morir respirando perfumes. ¡Qué sueño!

 

En mi alma ya no quedaba nada

que no fuera una lejana añoranza de haber vivido. Yo no tenía el valor de Alfonsina Storni ni el de Virginia Woolf para meterme en las frías aguas del mar. A mí no me importó nunca tener los diente cariados y por tanto nunca usé el sulfato sódico para blanquearlos como ellas.

 

¿Os lo podéis creer?

¡Por la mañana me desperté sin el más ligero dolor de cabeza! Me pregunté si era acaso de hierro o de duraluminio debido a mi ligera figura.

 

Creo que nunca llegaré a matarme.

Por lo visto morir no es una cosa banal y sin el estallido natural del instante escrito en el viento.

 

Creo que si no ha llegado mi hora

ni mi médico podría matarme.

 

                                                                                Marta Guillamon

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