12 may. 2016

ya sabes… nos gustaba guarecernos para mirar a lo lejos.


LA METAFÍSICA HERIDA

Uno a uno van cayendo todos los pilares
de un edificio oxidado por la humedad, la ventisca y el moho. Ahora le ha tocado el turno a las iglesias –musulmana, cristiana, budista…-

¡Hay que echar al viejo ciego
–grita la gente en los programas de radio- de los líquenes del muro eclesiástico! ¡Estamos hartos de metafísica!

¡Abajo los intelectuales!
–han aparecido horribles pintadas en las calles- y ¡abajo el último de sus malditos folios desteñidos, amarilleados desde hace décadas y adornados con una flor seca!

Mientras ocurre todo eso
yo me encierro en el recuerdo de aquel entonces en el que yo sólo te conocía de vista. Para mí eras simplemente Cassia, la dulce hija de una vecina que vestía una falda a cuadros escoceses, un jersey vespa de color gris y un calzado de gruesa suela y fuerte cuero parecido al calzado náutico actual.

Ahora ni siquiera me fijo en cómo va vestida la gente.
Con el gusto –gris- más neutro posible sin duda, pero nunca podremos alabar lo suficiente a "Los Funcionarios" por haberte hecho surgir en la proa de esta Casa de Huéspedes, sitio en el que te encuentras cómoda aún en las horas de fuerte viento y lluvia cuando París se levanta y el furor de los cielos va ganando poco a poco, barrio a barrio, esos jardines espirituales cuya última hiedra da a las estrellas.

O, más a menudo,
cuando se organiza la gran batida nocturna del deseo en un paisaje donde, como los pájaros nos recogemos bajo nuestros edredones de plumas y también cada vez que una racha de viento más intensa descubre en los tejados una llaga deslumbrante por la que se escapa el olor del pescado subastado.

Yo no imaginaba
Volverte a encontrar y de pronto, después de tantos años, cuando llevabas aún tu uniforme escolar, al pasar junto a la estatua de La Fontaine de Saint Michel divisé un ramillete recién cortado de violetas. Es raro ver en París una estatua adornada con flores. Por supuesto no me refiero a esas "cosas metálicas" destinadas a mover masas de turistas.

Y la mano que naufragó rumbo a ti dejando una larga estela también hace zozobrar mi memoria pues, seguramente, debió de ser una mano enguantada de mujer… ya sabes… nos gustaba guarecernos para mirar a lo lejos. Sin prestarle demasiada atención, durante los días siguientes observé que cada cierto tiempo había un nuevo ramillete la escarcha y él formando un único obsequio. Y a ti, Cassia nada podía hacerte apartar la vista de los lodos diamantinos de la entrada de metro Rue du Bac donde transcurre la vida sin exceso de fe mientras que nosotras somos instrumento de alguna fuerza que nos tiene en sus manos, entregándonos mutuamente, guardándonos la una de la otra.

                                                             Johann R. Bach

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