11 may. 2016

En la sala abundaban los colores blancos y amarillos


LAIA RECHAZA UN EMPLEO

Cierto día cuando Laia llegó a casa,
se sentía aún muy rara, un poco aturdida, muy cansada, con una especie de fragmentada y confusa vulnerabilidad que le hacía pensar en la conveniencia de estirarse en el sofá y no pensar en nada.

Cassia le preguntó
al verla tan desanimada cómo había ido la entrevista de aquella oferta de trabajo de la que había regresado en aquel estado de ánimo. ¡Ay Cassia, amiga! Cuando llegué a aquel castillo, porque era un auténtico castillo aquella casa, me hicieron pasar a una estancia en la que un fuego de leños ardía en una gran parrilla, susurrante, y a veces se desplomaba sobre sí mismo como si fuera nieve. Me preguntaba si podía sentarme en una de aquellas lujosas sillas escapadas de algún palacio rococó o si era conveniente permanecer de pie mientras esperaba.

Un viejo y familiar olor a tostadas
emanaba todavía del comedor. En las paredes había unas acuarelas al parecer bastante buenas quizá del siglo XVIII que debían de haber estado allí siempre. Estaba a punto de examinarlas, atentamente, de cerca cuando oí unas voces que procedían del otro lado de la puerta abierta de la sala de enfrente.

La sala, semejante a una lujosa biblioteca,
con tres altos ventanales enmarcados estaba orientada al sur desde la cual se veían todos los edificios del otro lado de la calle a través de los árboles desnudos. La panorámica urbana era limitada pero la luz entraba a raudales y había en aquel instante como una refulgencia, casi un resplandor solar, contra un cielo más oscuro del que se desprendía una fina lluvia que no alcanzaba los cristales.

En la sala abundaban los colores blancos y amarillos
y la distancia entre sillas era enorme y las consolas entre las ventanas se veían limpias y lustrosas. En el centro había una mesa de marquetería redonda y tuve la impresión de que en aquellas sillas pocas veces habían sido usadas. De las paredes colgaban algunas siluetas probablemente de la familia y un reloj barroco dorado sostenido por unas esfinges sobre el frente de la chimenea.

Estaba completamente distraída
cuando, con una voz esforzándose por parecer amable, hombre mayor, bien vestido y con una carpeta en la mano me saludó y sin ningún preámbulo me dijo: "Mire señorita, el trabajo, consiste en qué usted firme todos los proyectos que la empresa le diga. La remuneración es de seis mil euros al mes". Su trabajo consistiría solamente en firmar, nada de visitas de obra, ni planos a revisar, ni reuniones con funcionarios urbanísticos …".

Pero –respondí-
podré examinar lo que firmo ¿no? Veo señorita –me dijo con voz cansada- que no comprende cómo es el mundo. No la culpo, pero no voy a esperar a que usted madure. En la sala de al lado has tres personas más que vienen por el empleo y la única oportunidad que tienen de obtenerlo es que usted rechace nuestra oferta.

Me asustó
la expresión de aquellos ojos hundidos bajo unas cejas extremadamente pobladas y como una puritana aún no deflorada le dije que no. Hizo que me acompañaran a la puerta y deambulé por las calles de aquel lujoso 16è Arrondissement hasta coger frío.

                                                                               Johann R. Bach

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