18 ene. 2014

Por qué he salido de la casa donde el viejo carillón mu dice los cuartos y las horas



18 de enero de 2.034



Esta mañana he salido temprano

y me dirigía por la autovía de la Ronda de Dalt hacia el Tanatorio y me he preguntado por qué he salido de la casa donde el viejo carillón me dice los cuartos y las horas



con una melodía  a la que tanto debo.



Hay demasiado silencio en el lugar al que voy.

La autovía me lleva mudo, como si fuera lluvia. El viento recorre el mismo trayecto pero en dirección contraria en el que, ya desnudas, se balancean las ramas.



Rugía el potente motor del Wrangler

para vencer la empinada cuesta antes de entrar en el aparcamiento. He subido a la primera planta.



Estaba completamente vacía.

Era demasiado temprano incluso para aquellos que ya se despidieron. A través de los enormes ventanales he podido ver el mar y desde la terraza he sentido el aroma del romero y la albahaca.



Un poco aburrido me he sentado en uno de esos sillones rojos que simulan ser divanes. Sorprendentemente había un periódico abierto por las páginas de las esquelas.



Hasta hoy no había sentido

la necesidad de leer necrológicas de ningún tipo. Aunque he de reconocer que el calor interno acumulado durante décadas en mi cuerpo me ha llevado poco a poco a considerar



las alternativas que tengo:

morir dentro de un cuerpo aún con órganos eficientes como lo hacen aquellos que han sufrido el alzheimer o abandonar un cuerpo cargado de heridas en plena juventud intelectual.



Una necrológica me ha llamado la atención.

Junto a una escueta relación de hechos, un poema destacaba en el texto:



"Nunca quisiste ser árbol

–por cobardía o por generosidad-,



en el centro siempre

de todo lo intentaba rodearte, árbol que saboreara la bóveda entera del cielo,



tú, como pocos en este paneta,

girado hacia todas partes: como si fueras un apóstol que no supiera en qué lugar va a aparecérsele Dios…



Y para estar más seguro,

despliega su ser en todas direcciones y lanza al éter sus poemas maduros.



Lleno de fuerzas austeras,

tu sombra clara nos ha dejado una hoja de menta que refresca nuestro té y frutos que perseveran".



                                                            18 de enero de 2034



Al ver la fecha,

he alzado la vista hasta el ventanal. El paisaje se había convertido en una gran mancha cuadrada y blanquecina. Estaba completamente sólo en la planta.



Instintivamente he mirado las siglas

a las que no les había dado importancia: J.R.B. Me dirijo a la sala 4. Tampoco allí había nadie.



Intento –inútilmente- mirar la hora en el móvil.

La única realidad tangible es la tarjeta de entrada en aparcamiento, pero la fecha en ella continua siendo 18 de enero de 2034.



He bajado con cierta precipitación

a la planta de aparcamiento y he visto que no había barreras. He subido al Wrangler y he salido rápidamente fuera del edificio y como si la ciudad surgiera de la niebla, he vuelto a ver los perfiles de las casas.



He parado en la gasolinera

y he vuelto a mirar la tarjeta del aparcamiento la fecha es el 18 de enero de 2014. Todo ha sido como una alucinación, pero ahora ya sé



cómo ha de ser mi final.



                                                              Johann R. Bach

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