14 ene. 2014

Los pliegues nasogenianos demandaban la paz interior que el Monasterio no me había dado

Capítulo 1. Las Puertas del Monasterio

 

LAS PUERTAS DEL MONASTERIO (Poema)

 

Todo estaba ocurriendo sin ruido,

tus suspiros subían hasta el techo del mundo, sin cansancio que suprimiera tu inquietud.

 

Tan pronto sentiste cómo las puertas del monasterio se cerraban a tu espalda apareció el gozo de estar libre y sola en la noche donde uno puede esconderse.

 

París ya flotaba en tu mente

como un mar brillante y sus bulevares como arterias por las que circula la voluntad de algunas mujeres tenaces. Sentías que deberías dar pasos largos para atravesar ese desierto de conceptos, para imitar otra música, pues la Superiora solía decirte que se puede ir más rápido cuando se está rodeada de indiferencia:

 

Entonces una debe encontrar

su camino en medio de extraños rostros en los que la mirada se ahoga.

 

Una nube mojaba

con sus gotitas tu cara y tus manos flotaban en el aire; las lucecitas ya lejanas del Monasterio te tranquilizaban: conocías bien que en su interior todas dormían como si todo fuera un sueño pesado que se abre hueco en la tierra.

 

Poco a poco

notabas que el aire se volvía más ligero y el ruido del motor de un automóvil a lo lejos te sonaba como el fluir de un arroyo. En él venían tu hermana y su compañero a rescatarte, inútilmente de la noche.

 

El campanario invisible ya,

empezó a dar la hora. Las puertas del Monasterio se cerraban para siempre tras de ti.

 

Tal vez el mundo resucitará.

Las doctas cigüeñas especialistas en repartir paz entre los campanarios podrían volver a vigilar las tardes.

 

Detrás de la lluvia

podría haber otro cielo donde unas voces más dulces subieran un recuerdo en vez de una oración. 

                                                                             Johann R. Bach

 

LAS PUERTAS DEL MONASTERIO

 

Miré hacia atrás para ver por última vez el hogar que me había acogido durante los últimos veinticinco años. En aquellos momentos sentí pena por todas las hermanas que dejaba allí. Aún no me atrevía a considerar aquel lugar como una cárcel. Mi hermana me esperaba en un Renault de alquiler.

 

Su compañero apenas me saludó; consideraba que todo lo que estaba viviendo era como un fastidio sin pausas. Cuando subí al coche llevaba sólo una bolsa con ruedas con todo lo que eran mis pertenencias: ropa para no parecer una harapienta, una gramática, un diccionario, un tratado de geometría y un montón de notas grabadas en mi memoria. Eso era todo mi capital.

 

Como el compañero de mi hermana parecía no estar de buen humor preferí hundirme en el silencio del asiento trasero y  en esa oscuridad me lancé a soñar otra vida y a olvidar el olor de las hojas de col marchita y de la nieve mezclada con trocitos de remolacha, col agria u hojas de té hervidas como fórmula con la que se limpian las alfombras.

 

Mi hermana parecía comprenderme y se limitaba a preguntarme de vez en cuando si dormía. La cara del que se suponía que era mi cuñado carecía de sonrisa y no aguantaba que mi hermana le hablara mientras conducía: era precisamente lo contrario de la sonrisa etrusca; esa sonrisa que nos devuelve lo que de verdad importa: el amor, la entrega, la pasión…

 

Tampoco su palabra toña dejaba lugar a dudas: su comportamiento era el mismo del sastre que no ha cobrado. Su expresión era como la de la hermana Luisa, la ecónoma, pero no me gustaba hacer comparaciones con las hermanas por si lo hacía, mi alma no lograría nunca atravesar las puertas del Monasterio. Así que decidí buscarle a mi cuñado un parecido animal. Descubrí que tenía la misma cara que un perro pachón. Sonreí.

 

En el aeropuerto de Stuttgart, con el tiempo justo para devolver el auto y tomar a la carrera el vuelo a París no tuve tiempo de tomar conciencia del gran cambio que me esperaba en la vida: Había abandonado el Monasterio cuando ya había cumplido cuarenta y cinco años, y sin embargo la sensación que sentí durante el vuelo fue como si todos aquellos años sólo hubieran sido un sueño.

 

El avión había tardado en despegar una media hora que me pareció interminable. El avión se deslizaba lentamente por una pista de despegue larguísima como si el aparato se negara a levantar el vuelo. En realidad sólo esperaba la confirmación del slot como muy bien explicaron las palabras del comandante de la nave: "debido al retraso en la estiba de las bodegas, hemos perdido el slot inicial que teníamos para las 21:30 horas y vamos a esperar al próximo slot que nos proporciona la torre de control".

 

De vez en cuando el recuerdo de algunas cosas del Monasterio asaltaba mi mente como en alegorías que ya no formaban parte de mí. En ellas me veía a mí misma actuando como en una representación amateur, una actuación por gusto, siempre para un escenario tosco, sin maquillaje.

 

En esas figuradas actuaciones me interpretaba a mí misma como si en el público no hubiera más que niños; sentía la toca en la cabeza de tal forma que me parecía como si mirara con prismáticos; y su única ventaja es que ocultaba todas mis incipientes canas.

 

Esas escenas quizá eran para mí como veinticinco pascuas en las que di mi palabra, pan, cobre y a cambio sólo recibí un código cosido con silencio que ignoraba noticias de amor, madejas de lujuria, lanzadas en lacrimógenos prospectos en minúsculas botellas de náufrago. Parecían geometrías destinadas a mostrarme la posibilidad de otros espacios fuera del estrecho mundo euclidiano de tres dimensiones en el que me encuentro atrapada.

 

Realmente ahora me daba cuenta que me había tomado mi tiempo en preparar la huida, a dar el salto más audaz, y que la carne se me abría como si hubiera trazado con las manos una hendedura en la negra pared de los pulmones. Ahora ya sabía que llevaba la paz, mi paz como un angioma avanzando hasta cubrirme la piel de versos elegíacos. Veinticinco años repitiendo letanías y simulando rezar todos los días no han sido suficientes para fijar en mi corazón ni una sola oración:

 

                                            ORACIÓN

 

¡Oh noche!

"No te ruego que deshagas la oscuridad de mi corazón ni de mi conciencia sino en la medida en que eso sea justo para que pueda alabarte, y ver en la Negritud la forma de lo que debe ser bendecido y en lo maravilloso de mi propio espíritu que ya tengo el fuego que sólo Tú has de encender".

 

"No conozco el nombre

o la palabra que exprese mejor el mundo desde el cual a partir de ahora te contemplaré y te adoraré, sumida en la profundidad de un negrísimo mar cuyos abismos son yo misma convertida en mar".

 

"Durante veinticinco años

viví las noches con la misma naturalidad que un niño cuelga cerezas como guirnaldas en sus orejas; y, no te invoco con palabras de alegría porque no tengo el tesoro del que se extrae esa antorcha; sólo levanto hacia ti mis manos de ceniza prematura y el reflejo que mi opacidad pueda dar de tu oscura luminosidad".

 

¡Oh noche!

"Para mí, hasta la luz ha sido tiniebla en tanto no sentí la llamada a correr por los campos, a humedecer mis labios con esas gotitas de agua de vida y a reconocer mis propios suspiros antes del amanecer.
 

Ayúdame a encontrar una oración, un pensamiento o una palabra que convierta mis recuerdos en sentimientos".

 

Nuestro avión aterrizó en Orly exactamente a las 22.50 h. Me sacó de cuajo mis pensamientos y me devolvió al mundo donde no está bien visto soñar, hacía frío y el viento helado parecía asirse a los dedos como anillos de platino. La ciudad me pareció más llena de luz que nunca y el taxi que nos llevaba a Maisons Alfort atravesaba las calles como si fueran mapas de papel donde todos los árboles se pintan de color verde como si los ciruelos rojos no existieran.

 

Al llegar a casa de mi hermana, mi cuñado se retiró de la escena alegando tener mucho trabajo con un mal disimulado entusiasmo por su profesión. Otra cosa fue el recibimiento de los chicos, Daniel y Ester a los que pareció fascinante la situación: ¡una tía monja que colgaba los hábitos!¡Algo misterioso les iba a ser revelado! Al fin y al cabo también ellos estaban a punto de cruzar las puertas de la pubertad su propio monasterio.

 

Aquella primera noche en mi nuevo hogar me llenó de satisfacción. Tanto mi hermana como mis sobrinos me cosían a preguntas y yo me sentía admirada como una diosa que regresa a la tierra a convivir con los humanos. Fue una cena tan diferente de las que se realizaban en el Monasterio que me parecía estar flotando con una música prohibida de fondo. A pesar de que mi cuñado, Francisco, se fue a dormir con la excusa de que tenía que madrugar, el resto de la familia seguimos charlando. Aquella noche fue maravillosa.

 

Mi hermana me había preparado una habitación que había sido hasta entonces como una salita para charlar con alguna visita, pues se accedía a ella desde el recibidor y una única ventana daba a un patio interior. Con sólo ocho metros cuadrados me sentí la más dichosa del mundo.

 

Era una habitación destinada a ser decorada por mí. Aquella noche temía no poder dormir por el nerviosismo ante mi nueva vida, pero cuando sentí el frescor de las sábanas sobre mi piel desnuda, sin pijama, como saboreando mi libertad me dormí sin darme cuenta como si una brisa se hubiera llevado por delante mis preocupaciones por un futuro incierto.

 

Por la mañana, al despertarme, me miré atentamente en el espejo de la puerta del armario y, como si quisiera fijar mi propia imagen como la de una mujer que emprende una nueva vida me describí por primera vez aceptando lo que era yo y mi cuerpo: morena con sienes ya un poco cenicientas y sin arrugas en la frente; ojos negros y brillantes algo rasgados y ascendentes, protegidos por unas cejas nunca depiladas, largas y demasiado pobladas que indicaban un cierto carácter parsimonioso; la nariz era ligeramente prominente y bien encajada entre unos fuertes pómulos tan simétricos como los ojos; los labios gruesos acotados por unas ligeras comisuras que no podían disimular el deseo de viajar y los pliegues nasogenianos demandaban la paz interior que el Monasterio no me había dado. Sólo los finos hoyuelos de mis mejillas señalaban una necesidad de simpatía y cariño.

 

Los duros trabajos realizados en el huerto y en la limpieza de los largos pasillos del Monasterio habían endurecido mis hombros y engrandecido desmesuradamente mis manos. Mis pechos se mostraban turgentes simulando diez años menos y haciendo juego con unas caderas nunca dilatadas en partos y por la renuncia voluntaria de una maternidad catedral de la fertilidad. Unas piernas fuertes y unos muslos totalmente exentos de celulitis soportaban sin complejos toda la figura. Sin embargo en la expresión de mis ojos una expresión vengativa se negaba a ser borrada. Eso parecía requerir tiempo.
 
                                                           Johann R. Bach

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