14 jul. 2013

La tarde avanzaba como tu niñez

  UN MARZO EN CADAQUÉS

 

De vez en cuando, aún en tiempo frío,

el sol y el mar hacían las paces en la orilla de la tarde, el aroma de las cebollas asadas se confundía con el olor del carbón

 

y las flores de los almendros marceaban.

 

Como algo muy familiar

las sardinas envueltas entre vaho, mujeres y transparencias de un aire tostado a fuego lento la tarde avanzaba como tu niñez.

 

Cerca de allí los remos se hundían

 

en el agua poco profunda y cristalina

con la tozuda insistencia de tus hermanos y ante la mirada asombrada de una mujer extranjera que tomaba el sol casi desnuda a pesar de la fría brisa.

 

Otras chicas jóvenes

jugaban a salpicar la piel de las piernas de niños de pantalón corto y bufanda. Todos reían como pétalos de menta en su cabello o el tomillo sobre las ascuas.

 

De vez en cuando alguna mujer

se giraba y su mirada buscaba ofrecer las humeantes quemaduras del maíz; sujetadas en una mano mientras la otra seguía ventando el carbón y la leña aún húmeda.

 

Alguna otra acariciaba la ventisca

con la cara tiznada y las manos tendidas al sol pulsando la levedad que abría sus yemas y los dedos rozando la suavidad a flor de labios

 

El sol ardía en cada llama

y alimentaba los gestos de la hoguera, la columna espiral y evanescente

que se elevaba, se quebraba o se confundía con las voces del aire, con sus voces.

 

Hablaban todas el mismo idioma,

 

un lenguaje que cantaba junto al fuego

la historia de las rocas y del bosque bajo, del sabor del maíz, del vino dulce, -de alta graduación de laderas frías- fermentado en vasijas de obsidiana idénticas al sol de su alegría.

 

                                                                         Johann R. Bach

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