14 jul. 2013

No tenía la menor intención de moverme

   DESPERTAR  ESPERANDO  OTRO  DILUVIO

                                     

¿Cómo deducir la historia de tu destino?

¿Lo que queda al fondo de años bañados en especias y salazón entre los restos de un pueblo abandonado por los dioses?

 

¿Cómo adivinar la eternidad restante encerrada

en un corazón arrancado en vida del pecho y arrojado a los impacientes dientes de los delfines, mellados por los domadores?

 

Estaba pensando en esas extrañas preguntas

cuando me desperté. No tenía la menor intención de moverme. Oía voces entrecortadas e incomprensibles de gentes cercanas. Era puro ruido.

 

Por las rendijas

de aquella oscura estancia entró una nube de polvo que se colaba por las coanas de mi nariz dándome la sensación de que de un momento a otro iba a estornudar.

 

Se oían pasos;

uno tras otro de gente que hablaba hasta por los codos. En algún momento tuve la impresión de que se había formado un grupo numeroso de personas debido a lo denso de sus sílabas.

 

Me las imaginaba mirándome

y me entraron unas ganas locas de escuchar sus comentarios, el gran placer de oír lo que piensan de una cuando están seguras de que no las estás oyendo.

 

Al mismo tiempo pensé

que cualquier crítica no valía más que un vulgar chiste. Mi propia muerte podría ser un acontecimiento insignificante y al mismo tiempo merecedor de grandes elogios.

 

Ya se sabe… cuando uno muere…

una mosca puede interrumpir con su vuelo el viaje tomada ya de la mano de Hermes.

 

¡Ah! Mi amor si tú supieras…

Aquellas voces no me eran familiares –no las reconocía-, de lo contrario, a algunos les habría apenado mucho mi palidez y a otros, alegrado; a algunos le habría dado tema de conversación para la sobremesa y de este modo habrían malgastado sus esfuerzos inútilmente;

 

Y todo eso me haría sentir mal.

 

Desde esta oscuridad no veo a nadie.

Tampoco ahora puedo influir sobre nadie. Pues bien, me consuela pensar que a fin de cuentas no he hecho mal a nadie.

 

Sin embargo, algo que era

casi con toda probabilidad una hormiga se puso a subir por mi espalda y me hacía cosquillas.

 

Yo permanecía inmóvil.

Era inútil querer sacármela de encima. Otra hormiga subía por mis muslos. ¿Qué intenciones llevaban? ¡Malditos insectos!

 

Las cosas empeoraron.

Oí un zumbido y una mosca se detuvo sobre mis mejillas, dio unos pasos y luego salió volando para aterrizar en la punta de mi nariz. Pensé que nada encontraría en mí que pudiera alimentar sus cotilleos…

 

Realmente no podía articular

palabra alguna. La mosca dio un salto abandonando mi nariz para ponerse sobre mis labios y con su fría lengua empezó a chupármelos. No supe si lo hacía porque quería mostrarme su amor o por otra razón.

 

De repente se levantó un viento

que me liberó de aquella tortura y hasta me pareció que cuando se iba mascullaba: ¡Qué lástima! ¡No se encuentran fácilmente unos labios bonitos.

 

Alguien levantó el sudario

que me impedía ver y los rayos ardientes y luminosos del sol cayeron sobre mi rostro y empecé a oír nítidamente sus voces. Me hablaban directamente:

 

¿Por qué quieres morir aquí?...

 

Aquella voz me sonó muy cerca. Pensé sobre si existe el derecho a morir aunque no tengamos necesariamente derecho a vivir.

 

Hemos sido y no hemos sido

abandonados a nuestra suerte, en la suma de nuestra sed de misterio del próximo diluvio.

 

No por esperado

es menos sorprendente nuestro final. Las estrellas nos ciegan y lo percibes cada vez con más claridad: cuanto más luminosa quieres ser desde mayores tinieblas más necesario es prestar oído al eco.

 

Las estrellas nos ciegan,

el silencio de la noche en la cumbre de las altas montañas nos acalla, a veces sin prisas con hormigas y otros insectos paseándose por nuestra piel y sólo se les ocurre detenerse para besarnos los labios.
                                                 Johann R. Bach

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