16 jul. 2013

Enojado, vuelvo sobre mis pasos

ÚLTIMA ESTACIÓN. SABADELL RAMBLA

 

En el cómodo asiento,

en la claridad del alba, guardabarros cromados y pulidos espejean y las pulsaciones casi al ralentí calientan el motor y el gradiente a su paso, de los aires de l'Arrebassada hasta Sant Cugat.

 

Mecánicamente, como un robot,

he dejado el casco cosido a la moto con un candado y he tomado el tren. Cabizbajo y distraído, como de costumbre por pensamientos de tareas nunca concluidas no me he dado cuenta que el vagón iba completamente vacío.

 

A esas horas de la mañana, es cierto,

viaja poca gente y el paisaje suele mezclarse con voces roncas o con viajeros con auriculares. Nunca la soledad es absoluta.

 

Ni el más mínimo chirriar de ruedas

rompe mis dudas. Me pregunto si el viaje habrá sido en vano. Tengo la sensación de estar metido en un carro tirado por cuatro corceles como en una alegoría pitagórica.

 

Se abren las puertas del tren

y por los altavoces una cinta vomita las hueras palabras grabadas archiconocidas: "Estación Sabadell Rambla… final de trayecto". Yo creí que habría alguien, pero ahora descubro que nadie ha venido a recibirme.

 

Ningún rostro conocido,

ni un gesto de bienvenida.

 

Los arquitectos

Xabier, Julio, Jaume Alcoberro no se han presentado; Eduardo el médico, tampoco aunque no me extraña debido a su débil corazón. Nunca creí que los ingenieros Trabal y Fariñas me dejaran plantado.

 

Confiaba que por lo menos algún familiar

me recibiera con un abrazo y me indicara qué debo hacer ahora. Claro que nunca fui amigo de las reuniones familiares, pero no hasta el punto de que todos ellos me abandonaran a mi suerte.

 

Realmente me temía

que mi exesposa estuviese también ausente por miedo a toparse con la vecina mi amante. Sacrificio vano. Mi incredulidad y mi egolatría se negaban a creer que en la estación no hubiera ni una mosca que alterara mi soledad.

 

Pienso en que me han preparado una broma

de esas modernas consistente en citarte a algún restaurante solitario y de repente tras las cortinas una muchedumbre de amigos te felicita bajo la menor excusa.

 

Tomo el ascensor para subir a la superficie.

La ascensión en solitario se hace eterna.

 

Sin salir a la calle,

tras los cristales que protegen el vestíbulo de la estación de las inclemencias del tiempo, observo amargamente que es evidente que todo ha sido una farsa urdida por charlatanes.

 

Cruzo el escaso espacio

en dirección a la puerta de salida y mis pasos resuenan en la estancia con eco metafísico. Nada. Me detengo ante la puerta. ¿Qué mala educación? -me digo a mí mismo-

 

Estas no son formas

de recibir a un alma perdida.

 

Enojado, vuelvo sobre mis pasos.

A toda prisa cojo el mismo tren que me ha traído hasta Sabadell y regreso junto a mi moto. Al llegar oigo una voz que dice: "No le toquéis el casco hasta que no venga la ambulancia".

 

Vuelvo a sentir el aire fresco de la mañana,

no me duele nada, muevo todos los dedos de mis pies. Nunca había sentido tanto placer tumbado en el suelo viendo el movimiento de las hojas de los árboles como en una danza exótica.

                                                                                            Johann R. Bach

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