24 dic. 2013

Mi alma estaba llena de sangre y hierro templado al aceite, de fuego y veneno

EL OTOÑO DEL GUARDIA DE LA REVOLUCIÓN

 

No es imposible que me haya hecho viejo:

la ceniza ha inundado mis sienes. ¿Es eso una señal inequívoca que la vejez que trepa por las piernas como la hiedra ha llenado de arrugas horizontales mi frente?

 

Sí. También a mi espíritu

le tiemblan las manos, le salen canas y las sílabas brotan ya lentamente de sus labios.

 

No siempre fue así.

 

Hace muchos años,

mi alma estaba llena de canciones de amor y guerra: estaba llena de sangre y hierro templado al aceite, de fuego y veneno, de deseos de revolución y venganza;

 

pero todo eso ya no tiene ningún sentido.

 

En algunos momentos,

eso que, a falta de otro nombre, sigo llamándole alma se llenaba sin reservas de cualquier tipo de esperanza.

 

Sí, sí la esperanza.

 

Me servía de escudo para hacer frente

a la herencia que me dejó la noche oscura y el vacío. Y me sirvió –creo- a pesar de que en sus dos lados no había nada en el vacío.

 

Fue así: el vacío consumió mi juventud.

 

Yo no sabía que perdería mi juventud.

Creía que la juventud resistiría fuera de mi cuerpo en las estrellas, en la luz de la luna, en las mariposas moribundas del amanecer,

 

en las flores en medio de las sombras,

en las palabras de mal presagio de la lechuza, en la sangre y en el lamento del cuco que canta a principios del verano,

 

en la incertidumbre de la sonrisa

o en la danza triste de un mínimo corazón de un caracol.

 

Y a pesar de lo imprecisa,

fría, triste y remota que fue, mi juventud ha sido, a pesar de todo, una juventud como la de tantos y nada más.

 

¿Y por qué ahora esta soledad?

Siento que la noche me responde: porque… la juventud de las otras cosas, la juventud que ya no está en ti, también se ha perdido.

 

Toda la juventud del mundo,

¿también se ha perdido?

 

No tengo otra opción:

la carne que abriga mi cuerpo se mudará en la noche en medio del vacío y dejaré tirado en tierra el escudo de la esperanza.

 

Sí, mi alma se siente sola y abandonada.

Y, sin embargo está a salvo de todo peligro.

 

En ella ya no hay odio

ni sed de venganza, suena en mi interior una música como arrancada al piano de Chopin y revive en mi rostro una cierta sonrisa como extraída de la sugerente trompeta de Dizzy Gillespie,

 

Todo es color, sonido.

Sólo me queda ya, esperar -en éstos, mis últimos años- que la música alcance al mismo tiempo que la ceniza, suavemente mis sienes.

 

                                                                                     Johann R. Bach

 

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